De secuestrada a investigadora: “Educando podemos evitar que los jóvenes quieran pertenecer a una pandilla”

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María José Benítez majo-benitez-blog

Es una estudiante del Máster de Investigación en Ciencias Sociales del ICS. Proviene de El Salvador, donde estudió Derecho y se especializó en Criminología para trabajar en prevención de violencia en la infancia en UNICEF. Sufrió un secuestro que cambió su perspectiva de la vida y le animóa a estudiar para ser investigadora. Aquí nos cuenta su testimonio.


Fue una de esas situaciones que solo ves en las películas de miedo. Un grupo de amigos decidimos pasar el fin de semana en la casa de la playa de una de ellos. No era un espacio peligroso, la casa estaba cercada y había dos guardias con armas cuidando el recinto –algo habitual en El Salvador–. Era de noche, estábamos escuchando música en la piscina y  jugando. De repente, unos veinte pandilleros con armas y pasamontañas negros nos rodearon. No me di cuenta de su llegada. Parecía que mi cerebro no era capaz de procesar lo que ocurría.

Por desgracia, los secuestros y asesinatos están a la orden del día en mi país. Los niños y jóvenes están expuestos a una gran violencia: para algunos, las pandillas son una alternativa a la familia. Pero, como dice Tomás Moro en Utopía, ¿cómo vas a culparlos si es lo que ellos vieron durante toda su vida?

He sido afortunada de crecer en una familia feliz y trabajadora. Ellos me enseñaron a preocuparme siempre por mi entorno y eso me ha llevado a estudiar Derecho y a especializarme en temas de infancia. Sabía que no podía mejorar la situación familiar de todo el mundo, pero sí podía hacer algo por mi país. De este modo, después de graduarme, empecé a trabajar como abogada en UNICEF. Como no podía ser de otro modo, el área donde había más trabajo era prevención de violencia. Viendo eso me especialicé en criminología.

El haber trabajado con gente relacionada con las pandillas me permitió mirar más allá durante el secuestro. Puede parecer sorprendente, pero mientras estábamos rodeados en la piscina no podía parar de pensar: “Estos hombres pueden hacer maldad pero pueden elegir no matarme. Voy a hacer todo lo posible para que no actúen mal”.

“Formarme como investigadora es lo mejor que puedo hacer para contribuir a la sociedad de mi país”

Comenzaron a gritar ‘¿dónde están sus cosas?’, pero nadie se atrevía a responder. Traté de recordar lo que había aprendido en criminología y en la formación que nos daban desde Naciones Unidas y comencé a explicarles dónde estaba todo, intentando transmitir tranquilidad. A partir de ese momento solo se dirigieron a mí.

Nos pidieron que colaborásemos y no nos permitieron salir de la piscina. Yo me moví para la orilla porque me estaba hundiendo y me quedé mostrando las manos para enseñarles que no tenía nada. Agaché la cabeza para no verlos, así sabían que luego no podría reconocerlos en un proceso judicial. Las amigas que tenía a cada lado me imitaron y se quedaron inmóviles.

La música se paró de golpe porque se robaron el aparato. Trataba de controlar qué estaba pasando solo por el oído, aunque muchas veces era imposible. No quería escuchar gritos, llantos o disparos, pues eso significaba que mis amigos no estaban bien. Cualquier movimiento en falso podía suponer un disparo. Incluso los delincuentes están nerviosos cuando cometen un delito.

Me preguntaban si teníamos armas, qué había en la casa, por qué había cuartos cerrados y no dejaban de preguntar quién tenía 5.000 dólares. Uno cogió una bicicleta y se puso a dar vueltas a la piscina, riéndose. Otro dijo que tenía calor y se metió a la piscina un rato. Otros entraron a la cocina y empezaron a comerse lo que encontraban.

Así pasaron tres horas.

En ningún momento salí del agua, ni miré más allá de bordillo. Pensé que me iban a matar. Se llevaron hasta las toallas. Volví a casa en pijama. Afortunadamente, no se llevaron mi documentación.

El secuestro cambió mi percepción de la vida, pues me di cuenta de que se puede acabar cualquier día. Empecé a obsesionarme con el tiempo. Debía aprovechar cada minuto y, como ya estaba metida en temas de violencia, decidí dar un paso más para evitar que otros sufrieran lo mismo que yo. Decidí investigar para ayudar a promover políticas públicas que reduzcan la violencia y creen ambientes positivos, a los que los jóvenes puedan acudir en lugar de entrar en las pandillas.

María José Benítez durante una clase del MICS de Richard Madsen (Universidad de California, San Diego)
María José Benítez durante una clase del MICS con Richard Madsen, profesor emérito de la Universidad de California, San Diego

En UNICEF me encargaba de la implementación de programas de prevención de violencia. Tenía que hacer diagnósticos sobre en qué zona se debía invertir dinero. Pero mi formación era limitada: no entendía los análisis, no tenía capacidad para ver si lo que decían las consultoras y los estudios era real. Busqué programas que hubiera en el mundo sobre cómo investigar mejor y encontré el Máster en Investigación en Ciencias Sociales, que se imparte en el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. Gracias a una beca del Social Trends Institute pude venir a España a cursarlo.

En las clases veo muchos indicadores sobre problemas de la infancia que muestran la diferencia abismal entre España y El Salvador. Quiero formarme bien para volver a mi país y aportar todo lo que he aprendido: me gustaría que el mayor problema para los niños sea que no haya bibliotecas suficientes y no que estén presionados a entrar en las pandillas o que los puedan matar. En El Salvador se deja de lado la educación para invertir en seguridad y en policía, pero tenemos que darnos cuenta de que ambas van de la mano, que educando podemos evitar que los jóvenes quieran pertenecer a una pandilla.

Es cierto que hay muchos retos y hay que avanzar invirtiendo los recursos de la mejor forma y, para ello, hay que hacer evaluaciones y sistemas de monitoreo. Si queremos saber qué cambiar, tenemos que saber qué está pasando. En El Salvador no hay tanta cultura de investigación y en España me he dado cuenta de la importancia que tiene. Estoy convencida de que formarme como investigadora es lo mejor que puedo hacer para contribuir a cambiar la sociedad de mi país.

 

From kidnapping-victim to researcher: “Education can prevent young people from wanting to join gangs”

From El Salvador, María José Benítez is a student at ICS’s Master of Social Science Research; previously, she studied law and specialized in criminology, and then worked at UNICEF’s program for the prevention of childhood violence. She was a kidnapping victim, which changed her outlook on life and led her to research. Below she reveals more about her journey:


It was one of those situations that you only see in scary movies. A group of friends decided to spend the weekend at a beach house. It was not a dangerous place -the house had a large fence around it and two armed guards protected the area, which is normal in El Salvador. It was nighttime and we were listening to music by the pool and playing. Suddenly, about twenty gang members with guns and black balaclavas surrounded us. I did not notice their arrival. My brain seemed incapable of processing what was happening.

Unfortunately, abductions and murders are the order of the day in my country. Children and young people are exposed to high levels violence: for some, gangs are an alternative to family life. And, as Thomas More notes in Utopia, are they to blame if that’s what they’ve known all of their lives?

I was fortunate to grow up in a happy and hard working family. They taught me to constantly be aware of my surroundings, which led me to study law and to specialize in childhood issues. I knew I could not improve the entire world’s family situation, but I could do something for my country. So, after graduation, I started working as a lawyer at UNICEF. As it could not be otherwise, violence prevention was my largest portfolio and, with that experience, I further specialized in criminology.

Having worked with people in gangs allowed me to look beyond my kidnapping experience. It may seem surprising, but while we were surrounded in the pool, I could not stop thinking to myself, “These men can do evil, but they can also choose not to kill me. I will do everything in my power to prevent them from acting badly.”

“Becoming a researcher is the best thing I can do to contribute to my country”

They began to shout, “Where are your things?” But no one dared answer. I tried to remember what I had learned in criminology and from the training I received at the United Nations, and, with a sense of tranquility, I began to explain to them where everything was. From that moment on, they only spoke me.

We were asked to cooperate and were not allowed out of the pool area. I moved to the edge because I was sinking and I wanted to show them my hands so they could see that I didn’t have anything. I lowered my head so as not to look at them, so they knew that I would not be able to recognize them in a judicial process. My friends imitated me and stood still.

The music suddenly stopped when one intruder stole the player. I tried to figure out what was going just by listening, although it was often impossible. I did not want to hear screams, cries or shots because then I would know my friends were in danger. A wrong move could result in a shot going off. Even criminals are nervous when they commit a crime.

They asked me if we had guns, what was in the house, why there were closed rooms and they kept asking who had $5,000. One of them took a bicycle and rode around the pool laughing. Another said it was hot and swam in the pool for a while. Others went into the kitchen and ate whatever they could find.

María José Benítez ofreció una tertulia sobre las pandillas en El Salvador en el ICS

Three hours passed like this, during which time I did not leave the water, nor did I look beyond the pool’s edge. I thought they were going to kill me. They took all of the towels. In fact, I went home in my pajamas. Fortunately, they did not take my documentation.

The kidnapping changed my perception of life because I realized that it could all be over any day. I began to obsess over time, wanting to take advantage of every minute. Since I was already involved in issues related to violence, I wanted to take another step to prevent others from going through what I did. I decided to initiate a research career to help promote public policies that reduce violence and create positive environments that young people can go to instead of joining gangs.

At UNICEF I was responsible for the implementation of violence prevention programs. I had to pinpoint where to invest money, but my training was limited: I did not understand the analysis and I did not have the education to verify the truth behind consultants and studies. I looked for international programs on how to conduct better research and I found the Master of Social Science Research, hosted at the Institute for Culture and Society of the University of Navarra. Thanks to a grant from the Social Trends Institute, I was able to come to Spain for the program.

In class, I have come across many indicators regarding childhood issues that reveal an abysmal difference between Spain and El Salvador. I want to get a great education and then return to my country to contribute everything I have learned; I would like children’s biggest problem to center on a lack of libraries, for example, rather than on the pressure to join gangs or the threat of being killed. In El Salvador, education is underfunded because security and police forces are such a high priority, but we have to realize that both go hand in hand, that education can prevent young people from wanting to join gangs.

Of course there are many challenges, but progress is in sight if we appropriately invest in resources and implement evaluation and monitoring systems. If we want to know what to change, we need to know what is going on. In El Salvador, there is nothing even close to Spain’s research culture and I have realized its importance. I am convinced that training as a researcher is the best I can do to help change my country.

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