La penúltima curiosidad: ciencia y educación religiosa

Daniel Moulin-Stozek, investigador del proyecto ‘Religión y sociedad civil’ y de ‘Investigar y promover la educación del carácter en las escuelas de secundaria en Latinoamérica’

Originally published in English in DANIEL’S BLOG

Autor: Daniel Moulin-Stozek

“No creo en la religión. Creo en la ciencia”

Esto es lo que me dijo un alumno al comienzo de una lección de educación religiosa, mostrándose reacio a sacar su libro de su mochila para empezar a trabajar. Aunque tal vez no todos los estudiantes muestran esta postura de forma tan abierta, muchos pueden estar de acuerdo.

Los estudiantes de hoy en día forman parte de la primera generación para la que no tener ninguna religión es la norma, de acuerdo con una de los principales sociólogos de religión de Gran Bretaña, Linda Woodhead. Ciertamente, esto puede hacer que los alumnos no religiosos cuestionen el estudio de la religión en la escuela, algo compartido por los filósofos de la educación como John White.

La idea de que la religión ha sido sustituida por formas más racionales de cuestionamiento no es, por su puesto, ni nueva ni ingenua (y es un argumento que no debe descartarse sin una consideración exhaustiva). Desde la Ilustración, los educadores religiosos han justificado su trabajo contra aquellos que creían en un futuro postcristiano de la humanidad (Augusto Comte es un ejemplo). Max Weber, otro fundador de la Sociología -que tenía una visión más realista del progreso (al menos, cuando se juzga retrospectivamente)- avanzó la teoría de que una racionalidad incrementada significaba que la modernidad era inevitablemente secular.

En la escuela no sorprende que surjan interrogantes cuando los diferentes temas curriculares se basan en diferentes enfoques del mundo y del conocimiento. Una hora, un estudiante está pintando un cuadro; la siguiente, desarrollando un experimento con un mechero Bunsen. Pero las cuestiones desafiantes sobre la religión también surgen de supuestos culturales más amplios, como la percepción común de un conflicto entre la religión y la ciencia.

Pero, ¿y si la religión y la ciencia provinieran del mismo impulso natural, si ambas estuvieran fundadas en nuestra propia naturaleza humana? ¿Y si los estudiantes pudieran obtener una comprensión más matizada de la relación entre la religión y la ciencia?

La religión y la ciencia pueden concebirse en relación, como ciclistas en un pelotón

Mi respuesta a esa afirmación al comienzo de una lección fue: “¿Y qué es la ciencia?”, ante lo que el estudiante mostró su desconcierto. Plantear preguntas en serio es la mejor manera de atraer la curiosidad de los estudiantes. Y la curiosidad es el bálsamo para la desafección de cualquiera de ellos. Coloca un ovillo de lana delante de un gato, escriben los autores Roger Wagner y Andrew Briggs, y el gato mira la lana. Hazlo delante de un niño pequeño y el niño te mira a ti. La curiosidad del ser humano es lo que nos separa de los animales. Constituye la fuerza que impulsa el descubrimiento del mundo visible (la penúltima curiosidad), y de nuestro temor y asombro de la totalidad de la existencia (la curiosidad última).

Todos los educadores religiosos necesitan saber más acerca de la relación entre la religión y la ciencia. The Penultimate Curiosity: How science swims in the slipstream of ultimate questions es un apasionante libro que proporcionará esa comprensión. Basándose en una serie de fuentes sorprendentes, desde las exquisitas pinturas rupestres de Chauvet hasta las invocaciones religiosas y las inscripciones bíblicas en las entradas a los famosos museos y laboratorios de Oxford y Cambridge, Wagner y Briggs trazan la curiosidad humana desde sus comienzos hasta nuestros días.

La ciencia y la religión se conciben a menudo como dos áreas en conflicto o como dos regiones distintas sin zonas de coincidencia -lo que Stephen Jay Gould describe como Magisterio sin solapamiento-. En los últimos años, los nuevos ateos han caracterizado las creencias religiosas como hipótesis para las cuales hay poca o ninguna evidencia, y por lo tanto son intelectualmente insostenibles. La investigación sugiere que muchos estudiantes pueden sostener con fuerza estas perspectivas, provocando la especulación de un “efecto Dawkin”.

Wagner y Briggs ofrecen una visión más matizada. La religión y la ciencia pueden concebirse en relación, como ciclistas en un pelotón o gansos volando en formación ‘v’. Los seres humanos siempre han mostrado preocupación por el significado total de la existencia y curiosidad por lo que no se puede ver, pero asociada a eso, y nunca lejos, se encuentra la curiosidad por el mundo físico, la penúltima curiosidad. Además, a veces, como los gansos o los ciclistas, los líderes cambian de lugar permitiendo que otras ideas encabecen la corriente hasta que ellos puedan adelantarse otra vez.

El argumento es convincente. Hay una letanía de correlaciones del avance asociado de las curiosidades: el estudio meticuloso de la naturaleza en las pinturas religiosas de la prehistoria, el descubrimiento de Anaxágoras y Sócrates que permitió la consideración de un orden de la naturaleza, la polémica de John Philoponus, la física de Ibn Rushd, los arco iris de Roger Bacon, el luteranismo de Kepler. Siempre que ha habido innovación en el pensamiento religioso, hay un cambio en el pensamiento científico.

New-Cavendish-Laboratory-University-of-Cambridge
Inscripción sobre la entrada del laboratorio de New Cavendish, Universidad de Cambridge. DANIEL’S BLOG

Puede haber conflicto, pero los desacuerdos indican un área de coincidencia. Más que inhibir la ciencia, la teología la hizo posible. Vemos esto en la religiosidad sincera y a veces novedosa de científicos como Francis Bacon, Newton, Maxwell, Herschel, pero más importante aún en el concepto de un orden (creado), gobernado por leyes discernibles.

El pelotón no es solo una metáfora. Un libro así solo podría completarse con la colaboración interdisciplinar ofrecida por uno de los principales físicos de la nación y un artista ganador de premios (ambos de los cuales son también muy versados en lenguas antiguas y teología). Su curiosidad es contagiosa, si no abrumadora.

La Penúltima curiosidad es la historia de la ciencia, pero es mucho más que eso. Cuenta la historia de la interconexión de la civilización humana y, al hacerlo, desafía los límites artificiales y encorsetados de las disciplinas curriculares. Esta gran visión es religiosa, pero también abierta. Los estudiantes necesitan entender y cuestionar el panorama general.

Comprender la íntima relación entre la ciencia y la religión es otra buena razón para una buena educación religiosa. Nuestros estudiantes (y futuros científicos) deberían conocer la teoría del conocimiento, la historia de la ciencia y su pedigrí religioso. Pero sobre todo, debemos transmitir a nuestros estudiantes el regalo de la curiosidad humana. Para hacer esto necesitamos fomentar preguntas desafiantes, pero como educadores también necesitamos respuestas informadas que lleven su curiosidad a un nivel más alto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s