Solidaridad: ¿neurobiología o una humanidad común?

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Elena Beltrán 

Los medios de comunicación y las redes sociales recogen con frecuencia noticias protagonizadas por iniciativas solidarias y altruistas, tanto de héroes anónimos como de compañías e incluso países.

Así se ha visto tras el reciente terremoto en México, en el que numerosos voluntarios se han unido a las tareas de búsqueda de supervivientes y de retirada de escombros. Por otro lado, algunas empresas del propio país prestaron transporte, servicio de telefonía y alojamiento gratuito para los afectados.

Además de en acontecimientos puntuales, como las catástrofes naturales, también cabe encontrar ejemplos de solidaridad sostenidos en el tiempo. España mantiene el primer puesto mundial en donación de órganos, con un total de 2.018 donantes que han permitido que se realicen 4.818 trasplantes. Por otro lado, un Eurobarómetro de 2015 situaba a  los españoles como ciudadanos de la Unión Europea -junto con alemanes y portugueses– que muestran más inclinación hacia la ayuda al desarrollo: un 93 % de los ciudadanos consideran “importante” apoyar a los países pobres.

Otra muestra de naciones solidarias es Myanmar, que encabezó en 2015 el CAF World Giving Index. Según este ranking, el 55% de sus ciudadanos ayudó ese año a un extraño y el 92% de su población hizo una donación a alguna organización benéfica.

Pero, ¿qué es la solidaridad? ¿Qué nos mueve a hacer cosas por los demás -incluso desconocidos- de forma altruista?

La ciencia ha tratado de dar una explicación desde la Neurobiología. El filósofo y biólogo Javier Bernácer, investigador del Grupo ‘Mente-cerebro’, indica que desde el modelo actual de esta disciplina, el altruismo supone una paradoja. “El paradigma dice que siempre tomas la decisión más ventajosa para ti, desde el punto de vista neurobiológico. Entonces el altruismo por definición es un problema, porque cuando tú haces una acción desinteresada se supone que no es lo más valioso para ti, estás pensando en otro”, comenta.

Explica que actualmente existen dos visiones del altruismo. La primera, Warm glowing, enuncia que los actos altruistas que se realizan se hacen porque refuerzan la posición en la sociedad y se sale ganando. “Hacer algo altruista es bueno para ti porque sube tu estatus. Es una explicación un poco pobre y falsa”, comenta. Además, esta perspectiva no explica, por ejemplo, la donación de órganos, ya que en muchos casos el donante ha fallecido. O la donación de sangre, porque es anónima.

“En general, las visiones que hay del altruismo en neurociencia son muy utilitaristas y simplistas”, comenta Bernácer. Y este problema puede venir, según él, del estudio con animales, en los que se analizan las regiones cerebrales que se activan cuando se recibe un premio, por ejemplo, cuando se proporciona azúcar a una rata de laboratorio hambrienta.

Bernácer cuenta que de este tipo de experimentos se ha llegado a deducir que el chocolate nos hace felices porque cuando nos lo dan se nos activan las áreas de la recompensa. “Todo esto se ha llevado al ser humano de una manera en cierto modo ridícula, dando el salto de la recompensa a la felicidad”, critica.

El filósofo y biólogo del ICS postula que existen en el hombre áreas superiores de recompensa: “Creo que un ejemplo relacionado con estas áreas podría ser el altruismo, el ayudar al otro simplemente por el hecho de ayudarle”.

La visión contrapuesta al Warm glowing se llama altruismo puro: “Das por dar de alguna manera, y para ti tiene valor solo por el hecho de dar. Esa sería una visión humana”, dice.

Por su parte, Mariano Crespo, investigador del proyecto ‘Cultura emocional e identidad’ (CEMID) del ICS, sostiene que la solidaridad es “sentirnos todos responsables de todos, sentirnos del género humano”. Y aunque parece que este vínculo se refuerza en los momentos de sufrimiento, “también es solidaridad alegrarse con el que se alegra; es vincularnos, pero no solo emocionalmente, sino también racionalmente”, manifiesta.

En la actual sociedad de la información, con las redes sociales parece que se promueven más los comportamientos solidarios, que se hacen más globales todavía. Son herramientas valiosas que permiten tener información accesible constantemente. Crespo considera que hay cosas muy positivas en ellas, como las campañas de crowdfunding para financiar algunas causas, pero alerta de que “también tienen cierto peligro de superficialidad”.

La solidaridad puede comenzar por la emoción, como por ejemplo las diversas campañas que hacen organizaciones para promover los donativos. No obstante, Crespo indica que para que dure en el tiempo, “debe existir un componente racional”.

Trascender las diferencias

Pero, ¿no resulta paradójico que en una sociedad como la actual, que está pasando por un proceso de individualización, ocurran este tipo de comportamientos? Ana Marta González, coordinadora científica del ICS e investigadora principal de CEMID, explica que no son fenómenos opuestos, sino complementarios: “Se trata de las dos caras de una misma moneda. El proceso de individualización alude a que, durante la modernidad nos hemos ido desvinculando de comunidades inmediatas, nos reconocemos como seres humanos, más allá de una u otra pertenencia o adscripción… pero por eso mismo también reconocemos a los otros así, en su humanidad sin más cualificaciones, y al reconocer a los otros como iguales afloran sentimientos de compasión.

En esa línea, se puede señalar el rechazo al diferente como un obstáculo para la solidaridad. Para Ana Marta González, “los constructos identitarios generan una dialéctica nosotros-ellos, potencialmente violenta. Son una caricatura de la cultura; se convierten en parapetos”. Y señala que los discursos identitarios “constituyen el fracaso de la cultura, pues petrifican los ideales, que dejan de estar al servicio de las personas concretas”. Llevan a entender al  otro  y su cultura como una amenaza; consolidan los prejuicios.

Es cierto que hoy Occidente ve amenazada su forma de vida. Muchas de las amenazas provienen de sujetos que viven en Europa pero que se sienten rechazados o fuera de lugar.  Frente a esto, la profesora González propone “investigar los motivos por los que algunas personas se sienten desarraigadas de Europa”.

La profesora González concluye que la solidaridad apela a nuestra “humanidad común, que trasciende las diferencias políticas, culturales y religiosas”.

 

¿Quieres conocer proyectos del ICS relacionados con este tema?

 

Solidarity: Neurobiology or a common humanity?

The media and social networks often gather news stories of solidarity and altruistic initiatives, including from anonymous heroes, companies and even countries.

This was on full display after the recent earthquake in Mexico, where many volunteers joined in the search for survivors and debris removal. On the other hand, companies in Mexico provided free transportation, telephone services, and accommodations for those affected.

In addition to specific events such as natural disasters, examples of solidarity sustained over time can also be found. Spain is number one in the world in terms of organ donation, with a total of 2,018 donors that resulted in 4,818 transplants. On the other hand, a 2015 Euro-barometer reported that Spaniards, together with Germans and Portuguese, are the EU citizens with the greatest inclination towards development aid: 93% of Spain’s citizens consider it “important” to support poor countries.

Myanmar is another example of a country that practices solidarity, by leading the CAF World Giving Index in 2015. According to this ranking, 55% of its citizens helped a stranger in 2015 and 92% of the population made a donation to a charity.

But what is solidarity? What moves us to do things for others— including complete strangers— altruistically?

Science has tried to explain solidarity using neurobiology. The philosopher and biologist Javier Bernácer, researcher within the Mind-Brain Group, indicates that altruism is a paradox under neurobiology’s current model. “The paradigm argues that people always make the most advantageous decision for themselves from the neurobiological point of view. So altruism by definition is a problem because when engaging in a disinterested action, the agent should not search for benefit because, by definition, she is thinking of someone else first,” he noted.

He explains that there are currently two visions of altruism. The first, called warm glowing, states that altruistic acts are done because they reinforce one’s position in society and are basically a win-win. “Arguing that doing something altruistic is good for you because it raises your status seems like a poor and insufficient explanation,” Bernácer argued. In addition, this perspective does not explain, for example, organ donation because, in many cases, the donor has died or blood donation because it is anonymous.

“In general, neuroscience thinks of altruism in very utilitarian and simplistic terms,” Bernácer continued. According to him, this problem likely arises from the study of animals, which analyzes the regions of the brain that are activated when a prize is received, for example, when a hungry lab rat receives sugar.

Bernácer explains that these kinds of experiments have led some to deduce that chocolate makes us happy because when given to us, reward centers are activated in our brains. “All this leads to a somewhat ridiculous view of human beings, making the leap from reward to happiness,” he criticized.

The ICS philosopher and biologist postulates that human beings have superior reward centers: “I believe that altruism— helping others simply to help them— may be an example of those centers.”

Warm glowing contrasts with another view called pure altruism: “You give to give in some way, and said action is valuable in itself. It corresponds to a more humane view,” he explained.

Mariano Crespo, research fellow within ICS’s Emotional Culture and Identity (CEMID) project notes that solidarity amounts to, “everyone feeling responsible for everyone, feeling that you belong to the human species.” And although it seems that this bond is only reinforced in moments of suffering, “celebrating another person’s joy is also a form of solidarity; it involves becoming both emotionally and rationally linked to the other,” he explained.

In our current information society with social networks, it seems that solidarity behaviors are promoted, making them even more global. These networks are valuable tools that make information constantly available. Crespo believes that positive elements therein include crowd-funding campaigns to finance causes, but warns that, “they can also border on superficiality.”

Solidarity starts with emotion, as seen in the various campaigns that organizations use to promote donations. However, Crespo indicates that for it to last, “there must be a rational component.”

Transcending difference

It seems paradoxical that in a society like the present, which is undergoing a process of individualization, these kinds of behaviors occur. Ana Marta González, ICS’s Scientific Coordinator and the principal investigator of CEMID, explains that they are indeed complementary phenomena: “They are two sides of the same coin. The process of individualization alludes to the fact that, during modernity, we have been dissociating ourselves from immediate communities and recognizing ourselves as human beings before any kind of belonging or ascription… but, for this very reason, we also recognize others as such, in their humanity and without further qualification, and when recognizing others as equals, feelings of compassion arise.

In this line of thought, the rejection of difference is seen as an obstacle to solidarity. For Ana Marta González, “identity constructs generate a potentially violent us-them dialectic. They are a caricature of culture and can obstruct it.” She points out that identity discourses “constitute the failure of culture because they petrify ideals, which no longer serve concrete people.” They lead people to understand the other and culture as a threat and to consolidate prejudices.

It is true that the West’s way of life is threatened. Many of those threats come from people living in Europe who feel rejected or out of place. Faced with this, Professor González proposes, “researching why people feel displaced in Europe.”

Professor González concludes by noting that solidarity appeals to our “common humanity, which transcends political, cultural and religious differences.”

 

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