Investigar “sobre el terreno” la educación en valores en Latinoamérica

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Acto en honor de la diversidad cultural 5.jpg

Educar a los jóvenes para que se comporten en su día a día con justicia, honestidad, coraje o compasión, por mencionar algunas virtudes, no es tarea fácil. No cabe duda de que la familia se encuentra en el corazón de la educación del carácter, pero los profesores también desempeñan un papel relevante.

Descubrir “sobre el terreno” la realidad de las escuelas secundarias de México, Colombia y Argentina es uno de los objetivos del proyecto ‘Investigar y promover la educación del carácter en escuelas de secundaria en Latinoamérica’. Lo desarrollan la Facultad de Educación y Psicología y el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, con financiación de Templeton World Charity Foundation.

Con el objetivo de tomar contacto con la situación, Apolinar Varela y Juan Pablo Dabdoub, miembros del equipo, han realizado trabajos de campo en seis escuelas de esos tres países. Se han centrado en analizar las prácticas, métodos, dificultades, necesidades, etc. que se manifiestan allí en cuanto a la educación del carácter.

Según detalla Juan Pablo, durante sus viajes han pasado mucho tiempo con profesores, estudiantes y padres para “empaparse” del día a día: “De este modo pudimos conocer qué entendían por los conceptos relacionados, como virtudes y valores, así como si valoraban este tipo de formación y su utilidad, y qué limitaciones e inquietudes se planteaban”.

 

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En cuanto a la metodología, Apolinar aclara que han utilizado un “amplio abanico de técnicas de recogida de datos” para aproximarse al contexto de la forma más detallada y profunda. Han planteado cuestionarios, dilemas, entrevistas grupales, entrevistas individuales, de corte más etnográfico, semiestructuradas…

Distintas realidades en los países

Los centros elegidos abarcaban características muy diferentes: alumnados con situaciones socioeconómicas de todo tipo, aulas mixtas y diferenciadas, titularidades públicas y privadas…

Ambos investigadores coinciden en que se han encontrado con diferencias obvias, así como con retos muy distintos. “En los colegios de estrato alto hay mayores facilidades en recursos humanos, técnicos, infraestructuras… que facilitan la labor. En los de estrato más bajo hay superpoblación en las aulas, los profesores están sobrecargados de trabajo, los padres tienen pocos estudios… Todo esto condiciona el hecho y el acto educativo”, manifiesta Apolinar.

Hay dificultades que se encuentran en todos los colegios, como el tiempo que los jóvenes pasan solos, el abuso de las redes sociales, el ciberacoso, el consumo de sustancias…

Pero también se han encontrado desafíos comunes, como el extenso tiempo que los jóvenes pasan solos en sus hogares. Especifican que no solo ocurre con familias humildes en las que los progenitores trabajan como peones, sino también en aquellas más acomodadas, por ejemplo en aquellas con padres empresarios. También hay otros obstáculos extendidos, como el abuso de las redes sociales, el ciberacoso, el consumo de sustancias…

Pasillo interior

Para atender a estas y otras cuestiones, Juan Pablo insiste en que no basta solo con que la educación del carácter se perciba como algo positivo, sino que es recomendable darle un carácter oficial en los planes de estudio. “Debe dejar de ser algo implícito y lograr que se dé formación a profesores y alumnos”.

Apolinar coincide con él: “Hace falta una mayor carga lectiva de estos temas en las escuelas, tanto de manera transversal como interdisciplinar, y una mayor presencia en los planes educativos”. Y añade que su experiencia durante los trabajos de campo les ha dejado patente la necesidad de integrar todos los saberes: “Un niño que es respetuoso y crea buen clima en la clase mejora su rendimiento académico, su atención, el pensamiento abstracto…”.

“Si los que están en una posición de poder mantienen comportamientos poco éticos, si aquellos que deben ser un ejemplo para la sociedad no lo son, entonces hay que hacer más hincapié en la educación del carácter”

Apolinar Varela defiende en que, independientemente de la situación concreta de los jóvenes y del estrato socioeconómico del que provengan, la educación del carácter es muy necesaria para todos. Por un lado, recuerda que los más desfavorecidos “tienen que enfrentarse a realidades muy duras”.

Y por otro, señala que entre las personas más acomodadas y con buen nivel de estudios se dan con frecuencia casos muy graves de corrupción. “Si los que están en una posición de poder mantienen comportamientos poco éticos, si aquellos que deben ser un ejemplo para la sociedad no lo son, entonces hay que hacer más hincapié en la educación del carácter”, manifiesta.

Juan Pablo recuerda que, precisamente, en que algunos profesores de las escuelas que han visitado “veían importante dedicar esfuerzo a generar conciencia social en sus estudiantes para que tuvieran claro que su destino siempre va a estar ligado al de los menos favorecidos y que a la hora de plantear su proyecto vital debían tener en cuenta no solo su bienestar personal, sino también el de los que le rodean”.

“La justicia, la honestidad, la compasión, la empatía… -finaliza- nos ayudan a entendernos, a disculpar, a convivir, a perdonar; en definitiva, a vivir en sociedad”.

Autora: Isabel Solana

¿Quieres conocer más detalles del proyecto del que hablamos en este post?

 

On-the-ground research related to values education in Latin America

Educating young people to act with, among other virtues, justice, honesty, courage and compassion on a daily basis is not an easy task. There is no doubt that the family is at the heart of character education, but teachers also play an important role.

Engaging in on-the-ground research related to the reality of high school students in Mexico, Colombia and Argentina is part of the Researching and Promoting Character Education in Latin American Secondary Schools project, which the University of Navarra’s School of Education and Psychology and the Institute for Culture and Society co-coordinate with funding from the Templeton World Charity Foundation.

In order to really understand the reality they aim to study, Apolinar Varela and Juan Pablo Dabdoub, members of the team, carried out fieldwork in six schools in Mexico, Colombia and Argentina. They focused on analyzing practices, methods, difficulties, needs, etc. that manifest themselves in terms of character education.

As Juan Pablo notes, during his travels, he spent a lot of time with teachers, students and parents to soak up their daily reality: “In this way, we were able to see what they understand for the related concepts, such as virtues and values, as well as if they value this type of training and its usefulness, and what limitations and concerns exist.”

Regarding methodology, Apolinar clarifies that they used a “wide range of data collection techniques” to approach the context in the most detailed and in-depth way possible. They employed questionnaires, dilemma examples, group interviews, individual interviews, as well as interviews that are more ethnographic or semi-structured in nature.

Different realities in each country

The schools where the researchers worked were chosen to represent very different landscapes, including schools with students from varied socio-economic situations, mixed and single-sex classrooms, public and private funding, etc.

Both researchers agree that they found obvious differences, as well as very different challenges. “Higher social stratum schools have better facilities in terms of human resources, technicians, infrastructures, etc. that facilitate their work. In lower social stratum schools, classrooms are overcrowded, teachers are overworked, parents are not well educated… All these factors condition the reality of education there,” Apolinar explained.

The schools present common difficulties, such as the time that young people spend alone, the abuse of social networks, cyberbullying, and the consumption of alcohol and drugs

Common challenges were also identified, such as the excessive time that young people spend alone in their homes. They specify that this is not just a reality for low-income families in which parents work as day-laborers; it is also widespread in high-income homes, for example in those in which both parents work in business. There are also other obstacles, such as the abuse of social networks, cyberbullying, and the consumption of alcohol and drugs.

To address these and other issues, Juan Pablo insists that it is not enough to perceive character education as something positive; rather, it must be given an official place in curricula. “It must cease to be implicit and we must ensure that teachers and students having proper training.”

Apolinar agrees, adding, “We need greater academic focus on these issues in schools, both transversally and interdisciplinary, as well as their increased presence in educational planning.” And he adds that his fieldwork experience made clear the need to integrate this knowledge: “A child who is respectful and contributes to a healthy classroom environment demonstrates better academic performance, attention span, and abstract thinking.”

Apolinar Varela argues that, regardless of a young person’s specific situation or the socioeconomic stratum from which they come, everyone needs character education. On the one hand, he reminds us that disadvantaged students “have to face very difficult realities.”

And on the other hand, he points out that among the most well-off and well-educated students, very serious cases of corruption frequently occur. “If those who are in a position of power sustain unethical behavior, if those who should be an example for society are not, then we must put more emphasis on character education,” he says.

Juan Pablo notes that, in fact, some teachers in the schools they visited “think it is very important to invest in generating social awareness in their students so that they clearly understand that their destiny is definitively linked to that of the less fortunate and that, when building their life project, they must take into account not only their personal well-being, but also that of those around them.”

“Justice, honesty, compassion, empathy,” he concluded, “help us to understand, to live together, to forgive— in short, to live in society. “

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