Combatir las fake news desde el pluralismo

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Uno de los factores que explican la rápida extensión de los bulos, en velocidad y escala, son las redes sociales, asegura el sociólogo y filósofo Miguel del Fresno. Foto: Freepik

Las fake news se han convertido en una preocupación de primer orden en la vida política y social de los países democráticos. Su impacto es creciente y ha enturbiado procesos como el Brexit, la crisis catalana o recientes elecciones en varias naciones. Tanto es así que la Unión Europea está reflexionando sobre el modo de combatirlas, especialmente a las puertas de los comicios al Parlamento Europeo (PE) en 2019, pues se teme que se vean contaminadas con propaganda antieuropea o influenciadas por agentes externos. En esa línea, el PE ha celebrado el pasado 8 de mayo un acto junto con la Leading European Newspaper Alliance (LENA) para implicar a los principales medios en el desenmascaramiento de estas fuentes informativas tóxicas y contrarrestar su efecto con información de calidad.

Uno de los factores que explican la rápida extensión de los bulos, en velocidad y escala,  son las redes sociales, donde se detecta un gran activismo partisano. Twitter concentra gran parte del volumen, de acuerdo con el sociólogo y filósofo Miguel del Fresno, docente de la UNED y de diversos campus universitarios nacionales e internacionales -entre ellos la Universidad de Navarra, donde imparte clase en el Máster en Investigación en Ciencias sociales-.

El problema, según dice, es la falta de tiempo para contrastar los datos, ante el gran volumen de información que se genera cada día: “Desborda cognitivamente a un ciudadano medio. No podemos tener una opinión individual informada profunda sobre todos los temas que se debaten en la esfera pública a diario” y el problema es “más complejo y difícil de tratar en relación con la desinformación aún que con las fake news”.

Las grandes plataformas digitales ya no presentan sus resultados en función de la relevancia. Eso acaba generando un creciente efecto de autoconfirmación y reduce la exposición a lo inesperado

Del Fresno señala que ante “el desborde cognitivo que provoca la ingente información disponible” tendemos a “asumir como verdadero lo que defiende nuestro grupo de referencia” y, además “los algoritmos de personalización de Facebook y Twitter se suman a este efecto burbuja de autoconfirmación constante”. Las grandes plataformas digitales ya “no presentan sus resultados en función de la relevancia, como en Google, Twitter o Facebook, sino en función de una supuesta personalización. Eso acaba generando un creciente efecto de autoconfirmación y reduce la exposición a lo inesperado. Privatizan la libertad de elección de cada uno”, comenta.

Esto degenera, en su opinión, en un “creciente partisanismo” alrededor de cada tema de la agenda pública, que desemboca en que la gente “no necesita los hechos para tomar una posición, sino que la información y sus significados se selecciona en relación con la utilidad que tenga para esa persona o grupo y suprime el resto. Esto tiene como consecuencia una racionalidad limitada”. Ve claro el caso del conflicto en Cataluña. “La difusión de fake news y de desinformación ha sido masiva”, recalca. Y no es un problema de educación, argumenta, pues “en la cosmovisión identitaria independentista hay personas con muy alto nivel educativo, sino que la clave estriba en su voluntad de filtrar la realidad desde su punto de vista, seleccionar los hechos acordes y descartar los demás, lo que no es una imposición sino que muestra que las fake news y la desinformación se asumen como ciertas basándose en la libertad personal”.

Otro ejemplo es el caso del cambio climático en EE. UU. Se pregunta cómo es posible que si en la comunidad científica prácticamente hay consenso cercano al 100% sobre su existencia, la opinión pública esté dividida al 50%. “Los negacionistas se han adscrito a la posición política republicana, al margen de las evidencias. La opinión se ha convertido en sustituta de la verdad”, sentencia.

Un buen contraste a la posverdad lo ofrece la respuesta social masiva y unánime ante las acciones sinceras y desinteresadas

Lourdes Flamarique, profesora del Departamento de Filosofía y colaboradora del proyecto ‘Cultura emocional e identidad’ del Instituto Cultura y Sociedad (ICS), considera que en el ser humano “es natural la necesidad de verdad, que lo que experimente o aprenda sea en términos de verdad, no solo probable o verosímil”, por eso es preciso aprender a distinguir lo verdadero en el maremagnum de datos que recibe a diario y de situaciones imprevisibles que pueden surgir. “Si hablamos de posverdad es porque no nos conformamos”, asume.“La verdad solo entra en discusión cuando está amenazada”. Pero no derrotada.

Un buen contraste a la posverdad lo ofrece, de acuerdo con la profesora “la respuesta social masiva y unánime ante las acciones sinceras y desinteresadas, a veces heroicas, que de modo claro realizan algo verdadero; pienso por ejemplo en el ‘héroe del monopatín’”.

Recuerda que los intentos de manipulación no son nuevos, ya que “el uso de elementos emocionales o de la retórica está presente desde la Antigüedad. La vida política siempre ha requerido de un recurso emocional o habilidades para despertar en el otro la adhesión a las ideas que uno propone”.

No podemos culpar al sistema de lo que estamos leyendo o viendo. No hay que apelar a que el Estado nos va a cuidar; nosotros tenemos que cuidarnos

No obstante, recalca que hay una “diferencia cuantitativa” con respecto a lo que podemos encontrar en otros momentos de la historia. Para ella, el hecho de que en menos de dos décadas la gran parte de la población occidental esté conectada a algún aparato, a alguna red de comunicación, hace que todos estemos más expuestos a “un tipo de invasión de ideas e informaciones difícil de detener y contrastar que muchas veces van dirigidas a conectar en primera instancia con nuestra sensibilidad y emociones”. Y esto, para la filósofa, “ha transformado el escenario de la vida pública”.

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La profesora Montserrat Herrero aboga por la responsabilidad del consumidor de información. Imagen: Freepik

Montserrat Herrero, profesora de Filosofía Política e investigadora principal del proyecto ‘Religión y sociedad civil’ del ICS, aboga por la responsabilidad del consumidor de información y no solo a una regulación externa por parte de los gobiernos: “En último término, no podemos culpar al sistema de lo que estamos leyendo o viendo. No hay que apelar a que el Estado nos va a cuidar; nosotros tenemos que cuidarnos”.

Reconoce que las redes sociales tienen un papel importante en la configuración política democrática, pero “cuando precede una cierta serenidad generada por la reflexión; si no, los tweets aparecen en el lado más negativo, el del impulso irresponsable”.

Para la especialista, las fake news tienen más el carácter del experimento social: se trata de generar una realidad en la que ciertos enunciados sean verdaderos. De ahí que se denomine posverdad. “Lo que no era verdad se convierte en verdad por el efecto generado por el enunciado. Esto no es ingenuo, sino que tiene detrás una doctrina epistemológica y el empuje del utopismo político”, manifiesta.

Los totalitarismos no están tan lejos como pensamos, aunque se hayan reconocido los derechos humanos

La profesora Herrero indica que en la red se genera mucha información, pero no necesariamente actitudes, necesarias para el pluralismo. “El mundo virtual no genera tantas actitudes reales de apertura al otro, lo que puede traer problemas de aislamiento y, en definitiva, de manipulación”, subraya. Y trae al presente la idea de la filósofa de origen judío Hannah Arendt de que los totalitarismos florecen donde las personas están aisladas.

“La comunicación interpersonal -propone-, hacer juntos las comunidades, es una forma de resistirse ante los fenómenos totalitarios”. Alerta de la importancia de defenderse de ellos porque advierte de que “no están tan lejos como pensamos, aunque se hayan reconocido los derechos humanos”.

Autora: Isabel Solana

 


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Combating fake news starting from pluralism

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The sociologist and philosopher Miguel del Fresno argues that social networks contribute to the rapid spread of rumors. Image: Freepik

Fake news has become a major concern in the political and social life of democratic countries. Its impact is growing and has blurred processes such as Brexit, the Catalan crisis, and recent elections in several nations. This is so much so that the European Union is reflecting on how to combat fake news, especially with the 2019 elections of the European Parliament (EP). Many fear that news is being contaminated with anti-European propaganda and influenced by external agents. Along these lines, on May 8, the EP held an event together with the Leading European Newspaper Alliance (LENA) to involve media in unmasking toxic information sources and counteracting their effect with quality information.

Social networks contribute to the rapid spread of rumors in speed and scale; therein, partisan activism is all over the place. Twitter has a large part of the volume according to the sociologist and philosopher Miguel del Fresno, a professor at the UNED and various national and international universities- among them the University of Navarra, where he teaches at the Master in Social Science Research.

“Personalized algorithms generates a constant, self-confirming bubble effect and reduces exposure to the unexpected”

The problem, he says, is that there is no time to compare the data given the large volume of information that is generated each day: “Average citizens suffer from cognitive overflow. We cannot have an informed individual opinion on all the issues that are debated in the public sphere on a daily basis” and the problem is “more complex and difficult to deal with in relation to misinformation when compared with fake news.”

Del Fresno points out that, when faced with “cognitive overflow caused by the vast amount of available information,” we tend to “assume as true what our group of reference proliferates” and, in addition, “Facebook and Twitter’s personalization algorithms add to a constant, self-confirming bubble effect.” Large digital platforms already “do not present their results in terms of relevance, such as Google, Twitter or Facebook, but rather in terms of supposed customization. This ends up generating a growing effect of self-confirmation and reduces exposure to the unexpected. They have privatized freedom of choice,” he says.

This degenerates, in his opinion, into “growing partisanship” around each topic on the public agenda, which results in people “not needing facts to take a position; rather, they look for information whose meanings are selected in relation to the utility that it has for the individual or group and suppresses the rest. This consequently limits rationality.” He clearly sees this in the case of Catalonia. “The dissemination of fake news and misinformation has been massive,” he stresses. And it is not a problem of education, he argues, because “the separatist identity worldview contains highly educated people; the key lies in their willingness to filter reality from their point of view, select the appropriate facts and discard others, which is not an imposition, but rather shows that fake news and misinformation are assumed to be true based on personal freedom.”

“A good antidote to post-truth is the massive and unanimous social responses to sincere and disinterested actions that clearly represent  something true”

Another example is the case of climate change in the United States. He wonders how it is possible that if in the scientific community there is almost 100% consensus on its existence, public opinion is divided at 50%. “The deniers have attached themselves to Republican politics, regardless of the evidence. Opinion has become a substitute for truth,” he says.

Lourdes Flamarique, a professor within the Department of Philosophy and collaborator with the Institute for Culture and Society’s Emotional Culture and Identity project, believes that human beings have a “natural need for truth, that what we experience or learn should be done so in terms of truth, not just in terms of what is probable or credible,” which is why it is necessary to learn to distinguish what is true in the sea of data that we receive daily and in unpredictable situations that may arise. “If we talk about post-truth, it’s because we are not okay with it,” she claims. “The truth is only discussed when it is threatened,” not when it is defeated.

According to Flamarique, a good antidote to post-truth is found in “the massive and unanimous social responses to sincere and disinterested, sometimes heroic, actions that clearly represent  something true; I think, for example, of the ‘skateboard hero.'”

“we cannot blame the system for what we are reading or seeing. We do not have to appeal to the state to take care of us; we have to take care of ourselves.”

She reminds us that attempts to manipulate the truth are not new since “the use of emotional or rhetorical elements has been present since antiquity. Political life has always required emotional resources and skills to awaken in the other adherence to proposed ideas.”

However, she emphasizes that, with respect to other historical moments, we certainly are experiencing a “quantitative difference.” For her, the fact that in less than two decades a majority of the Western population is now connected to some apparatus, to some communication network, results in increased exposure to “a type of invasion of ideas and information that is difficult to stop and to compare and that many times intends to immediately connect with our sensible side and emotions.” And this, for the philosopher, “has transformed public life.”

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Professor Montserrat Herrero advocates for the responsibility of those who consume information. Image: Freepik

Montserrat Herrero, a professor of political philosophy and principal investigator of the Religion and Civil Society project at ICS, advocates for the responsibility of those who consume information and not just for external regulation by governments: “Ultimately, we cannot blame the system for what we are reading or seeing. We do not have to appeal to the state to take care of us; we have to take care of ourselves.”

She recognizes that social networks have an important role in democratic political configuration, but “when a certain serenity generated by reflection is in place first; if not, tweets can be seen more negatively as part of an irresponsible impulse.”

For the expert, fake news is more related to social experiment: it is about generating a reality in which certain statements are true. Hence, it is called post-truth. “What was not true becomes true because of the effect generated by the statement. This is not naive, but rather hides an epistemological doctrine and the force of political utopianism,” she says.

“Totalitarianisms flourish where people are isolated.”

Professor Herrero indicates that a lot of information is generated on networks, but this does not necessarily include attitudes, which are necessary for pluralism. “The virtual world does not generate much in the way of real attitudes of openness to the other, which can lead to problems of isolation and, ultimately, manipulation,” she stresses. She mentions an idea from the philosopher Hannah Arendt that totalitarianisms flourish where people are isolated.

Herrero proposes that, “Interpersonal communication, making community together, is a way of resisting totalitarian phenomena.” She highlights the importance of defending ourselves against them because she warns that, “they are not as far away as we think, even if human rights have been acknowledged.”

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