Conciliar investigación y maternidad en el norte de Marruecos

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El trabajo de campo es una de las tareas más exigentes de la investigación. Acudir al lugar de los hechos y ser parte activa en la recogida de datos exige un buen planteamiento, mucha preparación y un desarrollo impecable. Hay que aprovechar cada día que se tiene para obtener la mayor cantidad de datos posibles fiables para elaborar el corpus de la investigación. Es algo difícil pero, ¿y si además tienes que cuidar de un niño?

Sarali es una consolidada investigadora internacional que desarrolla su trabajo en el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra gracias a una beca Marie Curie. Cuando vino a Pamplona en 2017 desde Rusia no estaba sola: trajo consigo a su hijo, Anton, que entonces tenía seis años. Conciliar ambas facetas de su vida le exige mucho esfuerzo y, aunque a veces tiene que hacer malabares con los planes, consigue dar el mejor cuidado al pequeño a la vez que realiza una investigación a la altura de la ayuda concedida por la Unión Europea.

El objeto de su proyecto es analizar la creatividad en el arte verbal, tema en el que se ha enmarcado su trabajo de campo en Marruecos. En el pasado curso viajó tres veces a este país del norte de África. La última, una quincena de julio, fue sola: realizó entrevistas a cantantes famosos y a personas de la calle. Recorrió Tánger y Chefchauen para escucharles cantar y recitar poesía. Fue un trabajo intenso en el que incluso caminó con peregrinos para oírles rezar y después cantar en santuarios.

El cantante Abdelmalek al-Andaloussi en Tánger.

Seguro que esta ocasión le pareció mucho menos difícil que en los dos anteriores viajes, que hizo en compañía de Anton. Llevar a un niño, que entonces tenía seis años, fue una experiencia retadora para ambos. “Cuando viene tengo que intentar crear un itinerario que nos permita hacer otras cosas más divertidas”, explica la investigadora, porque es imposible que un niño de esa edad esté calmado y formal mientras se aburre. Así que se trata de sacar ratos -comenta- para poder caminar, darse un baño y así disfrutar algo también.

Durante las entrevistas procura darle un libro o un álbum para que dibuje y pinte. Considera que ha tenido mucha suerte de desarrollar su trabajo de campo en Marruecos porque este país “acepta con facilidad a los niños”. Menciona que algunos cantantes, cuando se enteraban de que el pequeño iba a acudir, llevaban los suyos para que jugaran juntos. Otras veces incluso le prestaban instrumentos para que Anton se divirtiera mientras ellos conversaban.

Aunque Marruecos es un país seguro, si pudiera dejar a mi hijo con alguien, no lo llevaría

En sus expediciones graba todas las conversaciones y toma muchas notas para poder avanzar la investigación en su vuelta a Pamplona. Aunque si realmente lo necesita, deja que el niño vea dibujos en la tele. “No me gusta que sea más de una hora porque he oído que hay muchos problemas de menores adictos a las tecnologías y no quiero que le ocurra a él”, confiesa. Por eso mismo procura reservar la mayor parte del trabajo para hacer ya en casa, en lugar de hacerlo en el hotel.

Sarali hace un gran esfuerzo para que sus viajes resulten lo más llevaderos posibles para ambos. Pero el trabajo de campo requiere tiempo y paciencia, y surgen complicaciones que son inevitables. “Aunque Marruecos es un país seguro, si pudiera dejar a mi hijo con alguien, no lo llevaría, pero tengo que hacerlo -explica-, y le ocurre a otra gente, por eso es importante que se hable de ello”.

El festival de la cosecha ‘Tawaza’ en Bni Msawwar.

Siendo tan pequeño es muy difícil que comprenda que hay momentos en los que tiene que permanecer en silencio. “Además Marruecos es bastante impredecible, son muy libres con el tiempo, muchas veces cancelan las entrevistas o llegan tarde”, y esto no solo le molesta a ella, su hijo no comprende por qué tiene que correr para ir a un sitio para luego esperar o que incluso la otra persona no aparezca.

¿Y quién paga por el niño?

Sarali es rusa pero ha venido a investigar a Pamplona, por lo que su familia está lejos y no puede ayudarle con Anton mientras ella viaja. Por eso a veces, es complicado encontrar un itinerario y horario que se adapte a la vida de un niño, por ejemplo no pueden pasar noche en un aeropuerto.

Asimismo, hay implicaciones económicas: “La beca paga mis gastos pero no los de mi hijo y yo no tengo opción de no llevarlo”. A priori, la ayuda incluye 500 euros al mes para las familias, pero Sarali explica que “ese dinero se grava y la realidad es que no recibes prácticamente nada”.

Si no hubiera elegido hacer trabajo de campo lo habría lamentado. A veces es difícil, pero creo que es lo bonito de la vida

Recalca que su intención no es quejarse, pero sí reclama “más transparencia y una guía clara para los países y universidades que reciben a un investigador con beca de la Comisión Europea”. De este modo, Sarali tendría una forma más sencilla y no necesitaría ir encontrando su propio camino para conciliar su trabajo y la vida familiar.

Atestigua que venir de un país extranjero con un niño tan pequeño “puede llegar a ser muy estresante”. Entre otras cosas, reconoce que, como muchas otras madres, cuando tiene que trabajar no pueden hacer actividades divertidas juntos. “Quiero darle ejemplo pero eso tiene un precio”, afirma. Y aunque podría haber renunciado a hacer trabajo de campo, no lo hizo y no se arrepiente. “Si no hubiera elegido hacerlo lo habría lamentado. A veces es difícil, pero creo que es lo bonito de la vida. Pienso que es positivo que mi hijo tenga la oportunidad de conocer otras culturas y ver la diversidad de este mundo”.

Autora: Elena Beltrán

 


¿Quieres conocer el proyecto que desarrolla Sarali?


Reconciling research and motherhood in northern Morocco

Fieldwork is one of the most demanding tasks of research. Going to where things happen and taking an active role in data collection requires a well thought out approach, a lot of preparation and impeccable execution. You have to take advantage of every day that you have to obtain as much reliable data as possible to prepare the research corpus. It is difficult, but what if you add to it the care of a child?

Sarali Gintsburg is an established international researcher who develops her work at the Institute for Culture and Society of the University of Navarra thanks to a Marie Curie grant. When she came to Pamplona in 2017 from Russia, ​​she brought her son, Anton, who was then six years old. Reconciling both facets of her life requires a lot of effort and, although sometimes she has to juggle everything, she manages to give great care to her little one while carrying out the highest quality research that European Union-level funding requires.

Her project analyzes creativity in verbal art; her fieldwork is in Morocco. In the past year, she has traveled there three times. The last time, for two weeks in July, she went by herself and interviewed famous singers and people on the street. She toured Tangier and Chefchaouen to listen to them sing and recite poetry. It involved intense work in which she even walked with pilgrims to hear them pray and then sing in temples.

Abdelmalek al-Andaloussi, a singer, at Tanger.

Surely this occasion seemed much less difficult than the two previous trips, which she made in the company of Anton. Taking a child, who was then six years old, was a challenging experience for both of them. “When he comes, I have to try to create an itinerary that allows us to do other fun things,” the researcher explains, because it is impossible for a child of that age to be calm and formal while bored. So it’s about taking time, she says, to be able to walk, take a bath and enjoy things as well.

During interviews, she gave him a book or a notebook to draw and paint. She thinks herself very lucky to be able to develop her fieldwork in Morocco because it “is child friendly.” She mentions that some singers, when they learn that a little one was in tow, take theirs as well so they can play together. Other times, they even lend him instruments so that Anton can have fun while the adults talk.

Although Morocco is a safe country, if I could leave my son with someone, I would not take him

In her expeditions, she records all her conversations and takes many notes so that she can advance her research upon her return to Pamplona. In a pinch, I let him watch cartoons. “I do not like him to watch more than an hour because of the many problems reported with children addicted to technology and I do not want that to happen to him,” she confesses. For that reason, she tries to reserve most of her work for when she returns home, instead of doing it at the hotel.

Sarali tries as hard as possible make their trips bearable for both. But fieldwork requires time and patience, and complications arise that are inevitable. “Although Morocco is a safe country, if I could leave my son with someone, I would not take him, but I have to do it,” she explains, “and other people live this reality too, so it’s important to talk about it.”

‘Tawaza’, a harvesting festival at Bni Msawwar.

At such a young age, it is difficult for him to understand that there are times when he has to remain silent. “In addition, Morocco is quite unpredictable; they are very relaxed with scheduling and often cancel interviews or arrive late.” Sarali is not the only one bothered by this; her son does not understand why he has to run to go to a site and then wait or have it canceled in the end.

And who pays for the child?

Sarali is Russian, and while she is in Pamplona working, ​​ her family is far away and cannot help her with Anton while she travels. That’s why it is sometimes difficult to find an itinerary and schedule adequate for a child; for example, they cannot spend the night in an airport.

There are also economic implications: “The scholarship pays my expenses, but not my son’s and I have no option but to take him.” The grant includes 500 euros per month for families, but Sarali explains that, “that money is taxed and the reality is that you receive practically nothing.”

I would have regretted it if I had not chosen to do field work. Sometimes it’s difficult, but that is also the beauty of life

She emphasizes that she isn’t complaining, but she does wish for “more transparency and clear guidelines for the countries and universities that receive a researcher with a grant from the European Commission.” In this way, Sarali would have a simpler arrangement and would not need to make things up along the way to achieve work-life balance.

She notes that coming from a foreign country with such a small child “can be very stressful.” Among other things, she recognizes that, like many other mothers, when she has to work they cannot do fun things together. “I want to set an example, but that has a price,” she says. And although she could have given up doing fieldwork, she did not and does not regret it either. “I would have regretted it if I had not chosen to do field work. Sometimes it’s difficult, but that is also the beauty of life. It’s certainly positive that my son has the opportunity to get to know other cultures and see the diversity this world has to offer.”

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