Conflictos de intereses en la investigación: qué son y cómo evitarlos

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Imagen: katemangostar / Freepik

Los conflictos de intereses han estado muy presentes en el debate público el último mes. Baselga, un oncólogo español, fue acusado por el New York Times y ProPublica de no haber divulgado unos millones de dólares recibidos por la industria farmaceútica. El escándalo acabó con su dimisión como director médico del reconocido Memorial Sloan Kettering Cancer Center de Nueva York. Por otro lado, a finales de agosto se publicó un estudio que analiza las donaciones que ha hecho una empresa de bebidas azucaradas a organizaciones de la salud para financiar investigaciones médicas. Pero, ¿ambos casos son iguales? ¿Qué son los conflictos de intereses? ¿Cómo se evitan?

El investigador Gonzalo Arrondo.

“Un conflicto de intereses en investigación es una situación concreta, describible, que podría sesgar los resultados de un estudio en una sola dirección” explica Gonzalo Arrondo, investigador del Grupo ‘Mente-cerebro’ del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. “Es decir, en el caso de la bebida azucarada, el conflicto de intereses hace que el estudio favorezca a la multinacional”. Es distinto de los sesgos inconscientes que todos tenemos, detalla. Las personas “no son objetivas”, por lo que una ideología política puede afectar a una investigación, pero dos personas con la misma ideología no tienen porque acabar concluyendo lo mismo.

“Conflictos de interés y sesgos individuales tienen en común que, en general, nos creemos inmunes a ellos” añade Arrondo. Esto supone una limitación grave porque aquellos que creen que no les afectan, no intentarán minimizar sus efectos. A propósito de este tema, el médico Ben Goldacre ha escrito el libro “Mala farma” sobre los conflictos de intereses de las empresas farmaceúticas. En él relata cómo es frecuente que en los hospitales del Reino Unido los laboratorios patrocinen charlas formativas semanales en los que invitan al personal sanitario a un sándwich y unos dulces. “Los médicos afirman que no les influye pero los estudios demuestran que sí, -relata- y que se recetan más los medicamentos de empresas que invitan a almorzar”.

Conflictos de intereses en Ciencias Sociales

Este es el típico conflicto que se da en medicina, pero ¿es posible que ocurra algo similar en ciencias sociales? Sí que ocurre, aunque el investigador cuenta que “el orden es frecuentemente a la inversa, buscas unos resultados porque son más lucrativos a la larga”. En psicología el conflicto de intereses más habitual es buscar que un estudio concluya “que somos dueños de nuestro futuro” y que “si nos esforzamos conseguiremos cualquier cosa”. De este modo el investigador tendrá por delante un futuro muy lucrativo vendiendo libros de autoayuda o dando charlas porque “hay una serie de mensajes que se venden muy bien”.

Además, un investigador puede tener un conflicto de intereses en ciencias sociales cuando pasa a ser activista. “Cuando uno de los muchos aspectos que conforman tu sistema de creencias pasa a ser el principal o el único que mueve tu forma de actuar puede interferir en tus investigaciones”, relata Arrondo. Uno de los ejemplos es la relación que se estableció entre terapias alternativas, vacunas y autismo. “Los pocos artículos que defendieron esto eran de personas muy involucradas emocionalmente”.

Otro problema que puede aparecer es que un científico se identifique con un tipo de intervención. Un metanálisis reciente en psicología concluía que si uno “practica una terapia o tiene afinidad por ella como profesional, los resultados de su estudio tenderán a favorecerla” señala Gonzalo Arrondo. De la misma manera, si alguien “odia” esa terapia o “no le convence” los resultados del estudio tenderán a ser negativos. Y por último, al igual que en las ciencias empíricas, en las Ciencias Sociales puede haber financiación detrás de un estudio que puede llegar a modificar los resultados del mismo.

El investigador Luis Echarte.

Una diferencia entre la investigación en ciencias sociales y en ciencias experimentales es que las primeras, al estar relacionadas con las personas, son más complejas y es más fácil que surjan conflictos de interés. Luis Echarte, profesor de la Facultad de Medicina, colaborador del Grupo ‘Mente-cerebro’ del Instituto Cultura y Sociedad y miembro del Comité de Ética de la Universidad de Navarra, considera que “a veces se piensa que la metodología en las ciencias experimentales es más difícil, pero suele ser al contrario”. Asegura que es más fácil acotar las formas de observación y manipulación de un experimento con sangre que con menores o con pacientes enfermos. “Cuando tratas de intervenir en la conducta de alguien, los elementos que complican el experimento son mucho mayores”.

Cómo prevenir: humildad neuropsicológica

Para evitar todos estos problemas, Gonzalo Arrondo sugiere comenzar por la “humildad neuropsicológica”, es decir, asumir que te puede pasar. Sin este comienzo es imposible evitar sus efectos. El segundo punto consistiría en “minimizarlos en la medida de lo posible”. Pone como ejemplo el caso de Ben Goldacre que anima a que los médicos no acudan a los almuerzos patrocinados.

Otra medida propuesta frecuentemente, aunque la considera conflictiva, es “evitar ciertos temas”. Habitualmente los asuntos que generan conflictos de intereses son aquellos en los que se está más involucrado porque atraen más al científico. “Esto hace difícil que un investigador se recuse”. Y por último, aconseja “como poco declarar los conflictos de intereses en los escritos”. Y con ello el objetivo no es que se juzgue negativamente tu trabajo. “Se trata simplemente de que se tenga en cuenta, pero no tiene por qué estropearlo directamente”.

Por su parte Luis Echarte señala una medida básica para evitar los conflictos de intereses relacionada con la ética de la investigación. Por un lado que la revisión bibliográfica que se realiza al comienzo de la investigación sea “sistemática y, siempre, definida desde el principio”. Es la manera eficaz para evitar un sesgo en la selección de información, “un error habitual en Ciencias Sociales”.

Luis Echarte sostiene que, a menudo, los investigadores no son del todo conscientes de que eligen la información que apoya su tesis de partida y, lo que es peor, que esquivan la que la refuta. En este sentido, Echarte afirma que “no debemos perder de vista que la exagerada autoestima de los académicos suele ser más peligrosa que las presiones o las gratificaciones que da el sector industrial”.

Este sesgo es trasladable a la conformación de unos equipos de investigación, añade Echarte, en los que los investigadores “bailan y giran al son de los directores de proyectos”. Así, se busca la homogeneización de ideas dentro de un grupo mediante “la inclusión o exclusión de personal de investigación”.

De todos modos, Echarte destaca que aunque no hay fórmulas mágicas para evitar los conflictos de intereses, internos o externos, el investigador puede tratar de crecer en sensibilidad: “habituarse a que, en su trabajo, la verdad prevalezca sobre cualquier interés, por bienintencionado que sea”. Siempre cabe, ante una verdad notoriamente nociva, la prudencia de callar, asegura Echarte, pero un investigador nunca debe manipular la investigación.

“Son necesarios mecanismos de control externo (diferentes, en cada caso), pero siempre insuficientes para quien carece de los mecanismos de control internos”

Dinero público: ¿la solución?

Algunas personas han propuesto como una forma más de evitar los conflictos de intereses la financiación exclusiva con dinero público, pero ambos expertos coinciden en que actualmente esa no es una solución viable. “No estamos preparados en infraestructura de investigación, y quizá no sería ni bueno que funcionase únicamente con fondos públicos”, sostiene Arrondo.

Según el experto es lógico que una farmaceútica financie un estudio para ver si un medicamento funciona, un ente público “no tiene el interés ni el dinero para meterse en aventuras de tanto riesgo”. Además Echarte recuerda que “la financiación privada ha propiciado numerosos y grandes avances científicos y sociales.” La raíz del problema no está en el origen de la financiación, afirma Echarte, sino en las manos de quien lo maneja, ya sea el sector público o privado.

Tanto en la investigación con dinero público como privado son “necesarios mecanismos de control externo (diferentes, en cada caso), pero siempre insuficientes para quien carece de los mecanismos de control internos”. Echarte afirma que los principales conflictos de interés en investigación se resuelven primero “adquiriendo la sensibilidad, y luego, el valor y la humildad necesarias para asumir el papel de intelectual en la sociedad”.

Autora: Elena Beltrán

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