La voz del experto. “Varón y mujer los creó”, un documento que pone en valor la educación afectivo-sexual

Carlos Beltramo blogLa Congregación para la Educación Católica ha publicado un clarificador documento acerca de algunas cuestiones actualmente en debate alrededor de la educación de la sexualidad y la afectividad humana. Bajo el título «Varón y mujer los creó», para una vía de diálogo sobre la cuestión del gender en la educación el escrito que busca poner en contexto un tema que ahora mismo está muy vivo en la calle, en las aulas y en los debates políticos y legislativos.

Me quisiera concentrar en la llamada que hace el documento para la colaboración entre universidades, escuelas y familias con el fin de recuperar una alianza que permita afrontar la “emergencia educativa” (n.1) y rehacer el pacto educativo en crisis (n.45).

El documento nos recuerda que “educar la sexualidad y la afectividad significa aprender ‘con perseverancia y coherencia lo que es el significado del cuerpo’ (AL, 151) en toda la verdad original de la masculinidad y la feminidad” (n.35), buscando desarrollar una cultura sexual verdadera y plenamente personal (n.38), es decir, educar para el amor.

La familia está en el centro y es el primer eje en el que tiene que pivotar esta educación

Después de dar un panorama histórico, filosófico, teológico y psicológico sobre el tema del género y su relación con la educación de la sexualidad, la Congregación para la Educación Católica ubica a la familia como el “principal espacio pedagógico primario para la formación del niño” en el terreno de la afectividad (n.37). Y es lógico que lo haga si consideramos que la educación afectivo-sexual es educación para el amor, y que la familia es la comunidad natural básica donde se vive precisamente el amor. Pero el documento va más allá señalando también que el niño tiene derecho a crecer en una familia con padre y madre, condición para lograr su madurez afectiva (n.38), algo que es defendido hasta por teorías como el psicoanálisis (n.27). Por ambos lados la familia está en el centro y es el primer eje en el que tiene que pivotar esta educación.

Con respecto a la escuela, el documento destaca su papel subsidiario respecto de los padres (n.46). La escuela es definida como una comunidad, un espacio de crecimiento, diálogo y tolerancia (n.40), en especial si es católica, ya que en ese caso está centrada, por definición, en la persona, teniendo como eje a Cristo: su misión es ayudar a superar el individualismo a la luz de la fe (n.49).

Los centros de investigación están llamados a ofrecer su contribución específica para garantizar una capacitación adecuada

Para cumplir su rol educativo en lo referente a la afectividad, la escuela debe utilizar un lenguaje adecuado y moderado, pero sin dejar de decir lo que el alumno necesita aprender. “Ante un bombardeo de mensajes ambiguos y vagos –cuyo final es una desorientación emocional y el impedimento de la madurez psico-relacional– hay que «ayudarles a reconocer y a buscar las influencias positivas, al mismo tiempo que toman distancia de todo lo que desfigura su capacidad de amar»(AL,281)” (n.42). Es decir, el gran reto para la escuela católica es mantenerse firme en sus principios y, al mismo tiempo, “interpretar los desafíos contemporáneos a través de un testimonio diario de comprensión, objetividad y prudencia” (n.48). Y para ello, no debe estar sola.

Y es allí donde entramos los universitarios que nos dedicamos a la investigación en temas de afectividad y sexualidad. El documento es claro y contundente respecto de nuestra función: “Es necesario que los maestros católicos reciban una preparación adecuada sobre el contenido de los diferentes aspectos de la cuestión del gender y sean informados sobre las leyes vigentes y las propuestas que se están discutiendo en sus propios países con la ayuda de personas calificadas de manera equilibrada y en nombre del diálogo. Las instituciones universitarias y los centros de investigación están llamados a ofrecer su contribución específica para garantizar una capacitación adecuada y actualizada durante toda su vida” (n.51).

El documento nos urge a que convirtamos nuestra investigación universitaria en uno de los ejes de la formación de los maestros. El gran objetivo sería que esos educadores hagan de las escuelas lugares de un intercambio emocional y personal que ayude al desarrollo y madurez de los alumnos.

Tiene que ser una formación que refleje el progreso de la psicología, la pedagogía y la didáctica. Que el maestro reciba “una preparación psico-pedagógica adaptada y seria, que le permita captar situaciones particulares que requieren una especial solicitud” (GE,1) y para que pueda vivir la enseñanza como un servicio de humanización.

“Nos invita a ofrecer herramientas innovadoras y creativas para consolidar la educación integral de la persona”

También nos invita el documento a que la colaboración se extienda a “ofrecer herramientas innovadoras y creativas para consolidar la educación integral de la persona desde la infancia frente a visiones parciales y distorsionadas” (n.51): las escuelas deben ser capaces de “mantener su propia visión de la sexualidad humana en función de la libertad de las familias para poder basar la educación de sus hijos en una antropología integral, capaz de armonizar todas las dimensiones que constituyen su identidad física, psíquica y espiritual” (n. 55).

En esa dirección estamos trabajando varios grupos. Este documento es una llamada de atención para que pongamos más empeño por el bien de las familias y las escuelas, ayudemos a recomponer un pacto educativo que esté abierto a todos, incluso, si es necesario, “a través de un camino de acompañamiento discreto y confidencial, con el que también se acoge a quien se encuentran viviendo una situación compleja y dolorosa” (n.56). Porque la defensa del derecho de los padres no está reñido con la misericordia: si son verdaderos, suelen ir juntos.

Autor: Carlos Beltramo, Educación de la afectividad y de la sexualidad 

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