El estado de alarma en España se ha prolongado durante casi dos meses, a lo largo de los cuales hemos visto evolucionar la actitud de las personas. Al inicio del confinamiento, todo parecía algo irreal, extraño y nos sentíamos ajenos a lo que estaba pasando. Alcanzamos a disfrutar la novedad de lo desconocido: disfrutamos de nuestros familiares y amigos a través de largas videollamadas, confirmamos la cercanía de los desconocidos a través del famoso aplauso solidario y saboreamos aquellas actividades para las que usualmente «no teníamos tiempo».

Pero han pasado los días y estas ya no nos entretienen como hace algunas semanas. Nos encontramos más irritables, y la convivencia diaria con las mismas personas comienza a cansar. Hemos llegado a un punto que los psicólogos llamamos saturación mental. Cualquier problema añadido (como la posibilidad de que se extienda el estado de alarma) nos estresa o nos parece insoportable —aun sabiendo que seremos capaces de afrontarlo—. Comienzan la incertidumbre, la desesperación, el estrés, el miedo y el duelo. Empiezan a aparecer esos síntomas silenciosos del coronavirus que no se curan con respiradores ni medicinas, y cuya tasa de contagio continuará cuando el confinamiento termine.

¿Y ahora qué hago? Vivimos en una sociedad que prioriza las narrativas basadas en el éxito, la búsqueda obsesiva por sobresalir y ser diferente a los demás, un consumo compulsivo y un individualismo basado en la autosuficiencia. No obstante, una de las narrativas que afectan directamente a nuestro bienestar, y tan reforzada en estos tiempos de crisis, es la de «be positive».

Que no se malinterprete, es muy bueno enfocar nuestra atención en aquellos aspectos que nos hacen felices y trabajar para alcanzarlos. Se ha demostrado que el optimismo y la positividad son factores protectores para el bienestar personal del individuo y para enfermedades psicopatológicas como la depresión y la ansiedad. Sin embargo, el verdadero problema radica en enfocar equivocadamente la positividad en un estado de «perfección» en el que todo está bien, en el que se evita lo negativo.

Detrás de esta narrativa, por cierto, tan presente en las redes sociales, encontramos un juicio de que sentirnos positivos y felices todo el tiempo es como debemos estar. Tanta presión por mantenernos así es una nueva forma de querer medicalizar las fluctuaciones normales de nuestro estado de ánimo, y también es una nueva forma de evitación. Esto genera mucha frustración y no solo nos produce el efecto contrario, sino que además nos lleva a sentirnos verdaderamente contrariados con aquello que nos incomoda (incertidumbre, miedo, confinamiento, enojo…).

No podemos resolver nuestros problemas con pensamientos bonitos, eso solo está cubriendo el verdadero problema de fondo por trabajar (ej. la preocupación por la salud mi familia, la muerte, la incertidumbre de mis ingresos económicos, el duelo por la muerte de un amigo, etc.). La psicóloga Susan David menciona que la compleja relación entre la vida y su fragilidad es en realidad lo que compone la totalidad y belleza de la vida. Para superar la adversidad, primero hay que reconocer y aceptar que nos encontramos en ella.

¿Y ahora qué hago? Si te has cansado de hacer recetas de cocina, ver series y hacer clases de yoga, es buen momento para que reflexiones sobre lo que da sentido a lo que estamos viviendo. Sería una lástima volver la mirada hacia atrás y no haber sacado un aprendizaje, por menor que sea.

A continuación indico algunos puntos que pueden ser útiles en este proceso, y espero que sirvan como herramientas cuando superemos esta situación.

1. No califiques las emociones: no existen «emociones positivas» y «emociones negativas». Las emociones son solo eso, emociones, y su función es reflejar aquello que valoramos. No nos poseen, nosotros somos dueños de ellas. Podemos decidir cómo responder ante ellas, y a través de ellas descubrirnos a nosotros mismos y a los demás.

2. Prioriza: céntrate en los problemas que sean realmente importantes. Muchas veces, la presión por querer estar en todo y hacerlo todo a la perfección genera mucho estrés innecesario. Hacerlo todo no nos vuelve mejores, solo nos cansa, nos satura y nos frustra más. Reconocer tus límites y aprender a apoyarte en los demás es parte de tu crecimiento interior.

3. Conecta contigo a través del otro: podemos pasar de una simple conexión, a una interacción de calidad real (sin importar si es virtual o física). Somos seres sociales. En el hablar con los demás sobre lo que pensamos y sentimos, y preguntar a ellos también cómo están, estamos poniendo en práctica nuestra humanidad. El autodistanciamiento es una técnica utilizada en terapia psicológica que ayuda a separarte de tus problemas viéndolos desde fuera. Nos ayuda a reconocer y aceptar lo que nos sucede, permitiendo que nuestras experiencias no nos controlen.

4. Alíate con el silencio: las redes sociales pueden ser tu mejor o peor aliado. Están diseñadas para facilitarte las cosas y esto las hace especialmente adictivas, llevando a que nos impacientemos rápidamente y a mirar el móvil cuando algo nos incomoda (ej. estar solos, una pelea con mi pareja, mi hijo que no se cansa). En segundo lugar, debido a la situación, nuestras búsquedas tienden a estar dirigidas a aquello que anhelamos o a lo que nos gustaría tener, esto nos lleva a compararnos constantemente con los demás afectando nuestra autopercepción y autoestima. Deja de buscar soluciones fáciles y rápidas, y mejor haz el ejercicio de tolerar el silencio: podrás reflexionar mejor sobre ti y sobre los que te rodean.

5. Mantén espacios de control: querer controlar todo en un mundo tan impredecible es un camino directo a la preocupación, estrés y ansiedad. La pandemia nos ha dado la gran lección de que nuestras vidas pueden cambiar en cuestión de días, pero una vez que el confinamiento termine, seguiremos teniendo pequeños retos y contrariedades cotidianos que hay que aprender a tolerar. Para ello es útil aprender a reconocer qué está bajo nuestro control y que no. Hay que enfocarse en lo primero, segmentando en las diferentes áreas de la vida.

Autora: Claudia López Madrigal, psicóloga e investigadora del proyecto ‘Youth in Transition’. Instituto Cultura y Sociedad, Universidad de Navarra

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