“El tratamiento farmacológico puede ayudar, pero no es una solución para el sufrimiento mental cotidiano”

Joseph E. Davis es profesor investigador de Sociología en la Universidad de Virginia (EE. UU.). En el curso 2011-2012 fue investigador visitante del proyecto ‘Cultura emocional e identidad’ del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra, con el que continúa colaborando. 

Su último libro, Chemically Imbalanced: Everyday Suffering, Medication, and Our Troubled Quest for Self-Mastery (University of Chicago Press) se ha publicado en marzo. Basándose en entrevistas con ciudadanos corrientes, explora de qué manera explican el sufrimiento que les provocan problemas ordinarios como el bajo rendimiento escolar o laboral, el dolor tras una ruptura o la decepción por cómo se está desarrollando su vida. 

Frente a la creencia extendida de que el sufrimiento es un desequilibrio en el cerebro que necesita repararse, por lo general a través de fármacos, el profesor Davis apuesta por recuperar una visión creadora de sentido sobre nosotros, que nos haga descubrir la verdad acerca de nuestro yo y las condiciones sociales en las que vivimos.


¿Por qué nuestras sociedades dan tanta importancia a la búsqueda del éxito continuo?

Sentimos el sufrimiento como algo único, pero solo podemos comprenderlo a la luz de la sociedad en la que vivimos. En nuestros “tiempos líquidos”, citando al difunto sociólogo Zygmunt Bauman, gran parte del orden social que damos por hecho -roles, instituciones culturales, comunidades formativas, entre otros- ha decaído. Ahora se espera que cada uno se convierta en el autor de su vida, como si se encontrase ante un lienzo en blanco, sin puntos prefijados. Nos corresponde decidir, cada vez a edades más tempranas, quiénes somos y qué buscamos ser. 

Pero no hacemos estas elecciones de identidad a partir de la nada. En mis entrevistas he descubierto que las personas sienten una fuerte obligación de cumplir unas normas sociales muy específicas y ciertas expectativas, con las que ellos (y otros) se miden a sí mismos. Una de esas obligaciones es optimizarse, mejorar constantemente y estar a la altura de lo que esperan. En la práctica, supone una demanda continua y una necesidad de demostrar logros tangibles. Junto con esto surge la premura de establecer unas características que les diferencien y darles visibilidad, para mostrar que su proyecto de hacerse a sí mismos es singular y exitoso, una vida que capta la atención de los demás y que otros pueden envidiar.

Sentimos el sufrimiento como algo único, pero solo podemos comprenderlo a la luz de la sociedad en la que vivimos.

¿Qué consecuencia tiene todo esto para los individuos?

Tratar de vivir según esos estándares tiene muchas implicaciones, pero sobre todo destacan tres. Una, especialmente para los jóvenes, es que se preocupan por las comparaciones sociales en casi todas las áreas de su vida. Se miden con sus iguales para comprender qué opciones de identidad tienen disponibles y cómo encajan en ellas. Al mismo tiempo, buscan continuamente la retroalimentación para evitar la vergüenza y la humillación por hacer algo incorrecto, o aparentemente ingenuo o raro. El proceso de autoconstruirse genera mucha incertidumbre, insatisfacción y arrepentimiento.

Otra consecuencia es que se puede terminar cayendo en la parálisis y la pérdida de motivación. Sin la guía de las instituciones y las tradiciones, ¿cómo puede uno decidir qué ser? ¿Las opciones que surgen son igual de buenas? ¿Cómo elige alguien y cómo puede conocer las consecuencias? ¿Qué ocurre con el fracaso, la posibilidad de decepcionar o de que uno pueda parecer mediocre, del montón? El espectro de quedarse corto o tomar las decisiones erróneas fomenta la ansiedad y la culpa, y lleva a algunos a darse por vencidos. 

En tercer lugar se encuentra la sensación de que la balanza se ha inclinado injustamente hacia el lado contrario. Con tantas áreas de la vida que se han convertido en una competición, hay un énfasis continuo en ganar y perder, y la consecuente necesidad de dar explicaciones sobre los resultados: por qué no ha logrado la victoria, por qué no ha conseguido la calificación más alta, por qué no ha destacado. Más aún, si cada persona es responsable de su proyecto, nos preguntamos por qué algunos obtienen reconocimiento y atención mientras que otros no lo logran. Cabe plantearse quién decide esto y cómo esos juicios pueden ser cualquier cosa menos arbitrarios. Los resultados de la competición promueven un fuerte sentido de injusticia y desventaja para muchos.

Con tantas áreas de la vida que se han convertido en una competición, hay un énfasis continuo en ganar y perder, y la consecuente necesidad de dar explicaciones sobre los resultados.

¿Qué papel desempeñan las redes sociales en este escenario?

He mencionado el papel crucial de la comparación con los iguales y la búsqueda de retroalimentación para acceder a las opciones de identidad y valorar las propias decisiones. Las plataformas de redes sociales cumplen una importante función a la hora de facilitar en tiempo real esta información. Asimismo, satisfacen la demanda de documentar y publicitar los logros propios. Una de las razones de todos los esfuerzos encaminados a optimizarse y sobresalir es no defraudar a los demás ni a uno mismo, no convertirse en una decepción, en un perdedor. Las redes proporcionan un espacio donde la gente puede demostrar y confirmar el éxito de su proceso de hacerse a sí misma y estos foros son especialmente atractivos para este fin, pues permiten presentar una imagen muy seleccionada y retocada. Uno puede hacer brillar los detalles mundanos de su vida para demostrar que está sobre el resto. 

De acuerdo con el profesor Davis, las redes sociales satisfacen la demanda de documentar y publicitar los logros propios. (Imagen de Erik Lucatero en Pixabay) 

¿Juzgar a las personas por los actos que realizan en el desarrollo de su proyecto personal  afecta a su dignidad humana? 

Por un lado, la libertad y la autonomía para decidir quiénes somos y qué nos importa es algo realmente bueno, que nos permite controlar y dirigir aspectos importantes de nuestra vida. Es apropiado y necesario disponer de estándares para juzgar nuestras acciones y las de los demás, pues hacen posible el orden social y la excelencia humana.

Como he indicado, el peligro se encuentra en una concepción de la libertad como una desconexión de todo aquello que no se ha elegido. Es una manera de vernos a nosotros mismos y a los demás al margen de las instituciones, las tradiciones y las comunidades. Somos mónadas aisladas que actúan de acuerdo con sus preferencias. Esta visión nos trivializa. Nos encogemos hasta convertirnos en una “voluntad solitaria y sin sustancia”, tomando prestada una frase de la filósofa Iris Murdoch.

La desconexión también fomenta una manera de relacionarnos con nosotros mismos como un tipo de objeto o imagen abstracta (como en el modelo de una “marca” de producto). Las plataformas de redes sociales pueden alimentar esta cosificación y propiciar una forma de mirarnos que puede esculpirse y moldearse desde el exterior. Toman una perspectiva instrumental de nosotros, de nuestra experiencia y de nuestra red de relaciones. Esa visión no es consistente con la verdadera dignidad humana.

Las plataformas de redes sociales pueden alimentar esta cosificación y propiciar una forma de mirarnos que puede esculpirse y moldearse desde el exterior.

Ha mencionado que las instituciones y las tradiciones han perdido peso. ¿Qué relevancia tienen las estructuras -culturales, sociales, familiares…- para el desarrollo de las personas desde sus edades más tempranas?

Una idea sociológica antigua, que se remonta al menos hasta el sociólogo francés Emile Durkheim, es que las personas se vuelven más vulnerables cuanto más retroceden hacia sí mismas por la débil orientación y la limitación de las instituciones. En este punto, cito al filósofo Hans Blumenberg: dice que nuestra existencia es una “autonomía [emergente] potencialmente autoasertiva que se encuentra restringida por límites antropológicos y estabilizada y humanizada por las instituciones, que formando un mundo habitable limita la arbitrariedad y hace posible la acción y la reflexión”. Dicho de otro modo, para darnos cuenta de nuestras potencialidades requerimos estructuras, reglas y orientación para nuestro lugar en el mundo. Como individuos, no podemos proporcionarnos estas cosas. 

En lugar de transmitir una forma de vida a nuestros hijos, una labor que requiere de tradiciones e instituciones y comunidades estables, pedimos a los jóvenes que forjen su vida a partir de sí mismos y luego carguen sus elecciones con altas expectativas de éxito mundano. Les exhortamos a ejercitar la agencia e incluso el liderazgo, pero no les damos el conocimiento y la experiencia que hace posible una verdadera realización. Les animamos a que demuestren su individualidad, sin darles las bases de lo que se comparte en común ni se les proporciona el espacio para experimentar, fallar o vivir sin medida. Y así sigue. Una libertad que es poco más que nuestras preferencias no ofrece los fundamentos para realizarnos o comprometernos con los otros. De hecho, es una receta para el desastre, como podemos ver en las tremendas tasas de problemas de salud mental.

“En lugar de transmitir una forma de vida a nuestros hijos, pedimos a los jóvenes que forjen su vida a partir de sí mismos y luego carguen sus elecciones con altas expectativas de éxito mundano”, afirma el profesor Davis. (Imagen de Gerd Altmann en Pixabay).

De acuerdo con esto, ¿el contexto actual nos hace más difícil afrontar el sufrimiento por los problemas cotidianos?

La única conclusión que puedo obtener de mi proyecto es que las formas de sufrimiento se han multiplicado. En estos términos, me permito citar lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck llamó “riesgos de la identidad elegida” en su influyente libro La sociedad del riesgo. Cuando somos responsables de todas estas decisiones sobre la identidad -desde el trabajo, nuestra religión y su práctica, las relaciones íntimas, los tatuajes y piercings- y se nos hace responsables de ellas, se incrementa el riesgo de no estar a la altura y ser juzgados de forma inapropiada (tanto por nosotros como por otros). Hay nuevas formas de desigualdad y devaluación, más aislamiento de los otros y más maneras de fracasar.

Una libertad que es poco más que nuestras preferencias no ofrece los fundamentos para realizarnos o comprometernos con los otros. De hecho, es una receta para el desastre, como podemos ver en las tremendas tasas de problemas de salud mental.

En su nuevo libro, Chemically Imbalanced, apuesta por no encarar el sufrimiento solo desde el nivel físico. ¿Qué propone?

Con esa expresión no aludimos a nuestra encarnación corporal, sino a la reducción de nuestra experiencia mental a eventos del cerebro. Cuando nos referimos en nuestro día a día al sufrimiento podemos hablar de nuestra timidez, ansiedad o falta de energía en términos de rasgos de la personalidad y de intenciones, razones y deseos. También sobre reacciones comprensibles a circunstancias difíciles, expectativas irreales o acontecimientos adversos. Asimismo, podemos aludir a problemas más serios como engaños o compulsiones. En estos casos, traemos el problema al contexto de cómo una persona ve y tiene experiencia del mundo. Hay otro lenguaje, el biogenético, que tiene que ver con el mal funcionamiento fisiológico. Problemas de pensamiento, comportamiento o emoción reflejan un desequilibrio neuroquímico o fallo del cerebro. 

Una vez que cambiamos de un lenguaje a otro, perdemos el contacto con lo que los fenomenólogos llaman la “dimensión experiencial”, el corazón, la mente y el alma. No podemos explorar la naturaleza de las adversidades a través el lenguaje del cerebro. Este último no responde o permite encontrar sentido a preguntas como qué hace que sintamos una experiencia de una determinada forma, qué lleva a la vergüenza, ansiedad o decepción, y cómo se relaciona esto con nuestro estatus y nuestras relaciones con los demás. 

Según el profesor Davis, no podemos explorar la naturaleza de las adversidades a través el lenguaje del cerebro porque este no responde o permite encontrar sentido a multitud de preguntas. (Imagen de Gerd Altmann en Pixabay).

¿Qué observó a este respecto en su investigación?

Para casi todas las personas a las que entrevisté en mi proyecto, la definición de su incompetencia, fracaso o anormalidad emocional se basaba en comparaciones implícitas con lo que consideraban “normal”, con los estándares que piensan que deben cumplir. La gente “normal” supera rápidamente las dificultades de una relación, por ejemplo, o puede gestionar de forma sencilla y con confianza cualquier situación social. Sin embargo, atribuir sus dificultades a un mal funcionamiento de su cerebro convierte la comparación en un fracaso con respecto a una norma fisiológica, como sucede con la disfunción del metabolismo de la glucosa para un diabético. Ser tímido y reticente se percibe como un signo de que uno no es “neurotípico”. Este cambio en la comprensión no deja lugar a los motivos para resistir al imperativo social de ser efusivo y extrovertido, o de considerar diferentes concepciones sobre qué es lo bueno. Uno se encuentra biológicamente roto y necesita que lo reparen. 

Para casi todas las personas a las que entrevisté en mi proyecto, la definición de su incompetencia, fracaso o anormalidad emocional se basaba en comparaciones implícitas con lo que consideraban “normal”.

Entonces, ¿la química no es la panacea para afrontar el sufrimiento y mejorar nuestro bienestar?

No sugiero que la medicación no sea importante ni necesaria. Mi estudio se refiere al sufrimiento cotidiano y no a enfermedades como la esquizofrenia o el trastorno maníaco-depresivo. Y muchas personas a las que entrevisté atribuyeron a su medicación la capacidad de restablecer su estabilidad emocional, impulsar su energía o incrementar su concentración. Su experiencia con los fármacos no era del todo positiva, seguro, pero muchos sentían que había mejorado su bienestar. 

Pero mientras ese tipo de tratamiento puede ayudar, no constituye una solución para el sufrimiento mental. El problema real, como he sugerido anteriormente, es con la explicación biogenética. Sentirse desalentado por una pérdida significativa, por no lograr lo suficiente o por no poder llevar a cabo ciertos planes no es una cuestión de químicos cerebrales. Los medicamentos pueden aliviar esta desesperanza, pero comprenderla y abordarla requiere compromiso con la “dimensión experiencial”. Para ello necesitamos reflexión y diálogo con los demás.

Autora: Isabel Solana. Colaboradora: Natalia Rouzaut

(Bajo licencia Creative Commons – reconocimiento)

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