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Las emociones desempeñan un papel fundamental en política y en las relaciones internacionales. Analizar cómo se expresan y cuáles están implícitas en los discursos políticos puede ayudar a captar el tono de las relaciones entre distintos países. También puede arrojar luz sobre cómo se generan ciertos conflictos entre naciones. 

Simon Koschut, profesor de Políticas de Seguridad Internacional en la Universidad de Zeppelin (Alemania), visitó el Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra para participar en el congreso internacional ‘Emotions and Foreign Policy in International Relations: The West and the Rest’ organizado por el grupo ‘Discurso Público’. En esta entrevista comenta algunos aspectos de la construcción de las narrativas políticas y el uso de las emociones en el discurso político. 


Simon Koschut, profesor de Políticas de Seguridad Internacional en la Universidad de Zeppelin (Alemania), en el ICS.
Foto: Berta Viteri.

¿Qué rol desempeñan las emociones en los discursos políticos?

Las emociones son, desde el principio, una parte esencial de todo discurso político, porque los discursos políticos no funcionan sin la emocionalidad. Los discursos tienen que resonar en audiencias particulares y no lo hacen si no tienen un impacto emocional, si no evocan emociones en la gente. Creo que la comunicación política y los discursos políticos en general tienen ese objetivo: evocar emociones en la gente; o más precisamente, evocar las emociones “correctas” en la gente. 

¿En las relaciones internacionales, cambian las emociones claramente después de grandes eventos? 

Bueno, primero hay que diferenciar entre dos tipos de emociones en el plano temporal: hay que distinguir si se trata de afectos a corto plazo o si se trata de disposiciones emocionales duraderas. Los primeros son reacciones muy rápidas, vibrantes e intensas a eventos particulares; se desvanecen o evaporan tan rápido como surgieron. Las disposiciones emocionales son mucho más estables y tienden a persistir a lo largo del tiempo; resultan mucho más difíciles de cambiar. Así, por ejemplo, hay una disposición emocional entre el gobierno iraní y el gobierno estadounidense de miedo, de enfado –incluso de odio mutuo–mutuos, pero esto no impide al gobierno estadounidense sentir compasión por los iraníes después de un terremoto o a los iraníes sentir compasión por los americanos tras la pérdida del 11 de septiembre. Así que las dos emociones, incluso siendo contradictorias, pueden darse simultáneamente. Mientras que las emociones a corto plazo surgen y se desvanecen fácilmente, las disposiciones emocionales persisten de fondo. Cambiar la disposición emocional persistente es difícil: es posible después de eventos traumáticos que rompen con la narrativa establecida. Otra forma de cambiar estas disposiciones emocionales persistentes es a través de la relación interpersonal. Por ejemplo, una relación diplomática cara a cara entre líderes de Estado puede consolidarse en una confianza interpersonal que también acaba conduciendo al desarrollo de una confianza del pueblo al propio gobierno. Por ejemplo, la relación entre Reagan y Gorbachov: la confianza entre estos dos líderes y las emociones que ellos sintieron llevaron condujeron a un cambio emocional entre la Unión Soviética y EE. UU., pasando de un estado de enemistad a una especie de compañerismo. 


«Una forma de cambiar las disposiciones emocionales persistentes es a través de la relación interpersonal. Por ejemplo, una relación diplomática cara a cara entre líderes de Estado puede consolidarse en una confianza interpersonal que también acaba conduciendo al desarrollo de una confianza del pueblo al propio gobierno».


Entonces, ¿las emociones están muy unidas a las narrativas? 

Desde luego. Las emociones apuntalan las narrativas, y al mismo tiempo, las narrativas hacen que las emociones persistan, así que es una especie de relación interdependiente. Si quieres cambiar las emociones tienes que trabajar en cambiar las narrativas y viceversa. En los conflictos, por ejemplo, tenemos narrativas de cada lado que están sustentadas por emociones. Para cambiar esas emociones primero tienes que modificar el nivel cognitivo, las narrativas que se están contando sobre el otro grupo. Si puedes cambiar la narrativa sobre el otro –que son enemigos, que son malos, etc– entonces puedes cambiar las emociones existentes hacia ellos. Sin cambiar la narrativa no se puede modificar la emoción. 

¿En el conflicto de Rusia y Ucrania se ha observado este cambio de narrativas y emociones? 

Es un ejemplo muy claro de cómo las narrativas políticas pueden manipularse para despertar ciertas emociones o conseguir un apoyo emocional. Especialmente por el lado ruso; Putin está proclamando esa narrativa política de combatir a un enemigo que ha de ser destruido. Realmente está avivando esta narrativa del odio. No se trata simplemente de corregir un daño o de buscar venganza sino de aniquilar a Ucrania. Estas narrativas tienden a circular a través de los medios de comunicación, y cuando controlas los medios de comunicación –como sucede en el caso de Rusia–, entonces tienes control sobre la narrativa. Si controlas la narrativa, entonces dominas las emociones del pueblo y les puedes hacer creer que “ellos son malos”, “ellos nos están atacando”, que “los ucranianos son nazis” y que “estamos protegiendo a nuestros hermanos y hermanas en Ucrania”. Y no importa si esta narrativa es verdadera o falsa; cuando es la única narrativa que los medios de comunicación, el gobierno –e incluso el mundo cultural– ofrecen, entonces la gente tiende a creerla, porque crea adherencia emocional. 

Pero estas narrativas solo funcionan porque están haciendo referencia a algo que está ya allí, a algo que tiene resonancia emocional. A las fantasías del pasado del “Imperio Ruso”; a esos relatos identitarios que hacen que los rusos se sientan el pueblo bueno, tal vez incluso el mejor pueblo. Pero estos relatos identitarios del “nosotros” y “los otros” son construcciones sociales.


«El conflicto entre Rusia y Ucrania es un ejemplo muy claro de cómo las narrativas políticas pueden manipularse para despertar ciertas emociones o conseguir un apoyo emocional».


¿Se exacerban las emociones ya presentes en la gente?

Hay personas que ya tienen afinidad por el relato nacionalista y son fáciles de persuadir porque ya les gusta esa narrativa. Otras, en cambio, son más escépticas, y a estas se las persuade a través de narrativas que instigan el miedo y el enfado. Las narrativas populistas a menudo trabajan así: crean un problema que no existía para hacer que la gente sienta miedo de algo, después se presentan como la solución. Esta narrativa del miedo o el enfado es muy difícil de romper porque hay que presentar una contra-narrativa y es increíblemente difícil construir una contranarrativa contra el miedo y el enfado basándose en emociones positivas como la compasión o la esperanza. Es muy difícil porque las emociones negativas generan una respuesta mucho más intensa que las emociones positivas.

En realidad es muy sencillo: la gente no quiere tener emociones negativas, no quiere tener miedo. Así que hará lo que sea para librarse de esos sentimientos negativos. Y si alguien se presenta como una solución, lo apoyarán de inmediato. Lo perverso es que ellos mismos crearon ese miedo en primer lugar.

Autora: Berta Viteri

El congreso internacional ‘Emotions and Foreign Policy in International Relations: The West and the Rest’ fue organizado por el proyecto ‘Emociones en la política exterior de Turquía hacia la Unión Europea’, que desarrolla Melike Akkaraca con financiación del programa de investigación e innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea, en el marco del acuerdo de subvención Marie Sklodowska-Curie nº.896311.

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