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Carlos Beltramo, investigador del grupo ‘Educación de la Afectividad y de la sexualidad humana’ del Instituto Cultura y Sociedad, presentó recientemente el libro Parentalidad positiva: Una mirada a una nueva época, que ha coordinado junto a Sonia Rivas, profesora de la Facultad de Educación y Psicología

Tal y como explica en esta entrevista, el libro se presenta como un manual para orientar a cualquier profesional que desee apoyar a las familias. Describe estrategias efectivas para promover la educación y la crianza positiva de niños, niñas y adolescentes. El objetivo es fomentar las cualidades de los hijos y convertirlos en personas libres y responsables. 

Sonia Rivas y Carlos Beltramo son los coordinadores del libro Parentalidad Positiva. Foto: Manuel Castells.

¿Cómo definirías parentalidad positiva?

Son todas las acciones que se les sugieren a los padres de familia para ejercer tanto el cuidado como la educación de los hijos desde una mirada positiva, en el sentido de que no es punitiva. Antes, la educación se enfocaba de una manera un tanto “negativa”, dando por hecho que hay riesgos conductuales que hay que evitar. Así, se centraba en las herramientas para hacer que los hijos no consuman drogas, conduzcan demasiado rápido, fumen, beban, tengan relaciones sexuales… La parentalidad positiva promueve conductas saludables que nos permiten evitar las que no lo son, pero no centra el mensaje en evitar lo negativo sino en desarrollar todas las potencialidades que tiene el sujeto. A partir de esto, serían todas aquellas medidas que un padre o madre de familia tendrían que poner en práctica para que sus hijos desplieguen por sí mismos todas sus habilidades y se conviertan en sujetos competentes socialmente, felices, útiles a sí mismos. Y este desarrollo en positivo los aleja de las conductas negativas.


«Antes, la educación daba por hecho que hay riesgos conductuales que hay que evitar. La parentalidad positiva promueve conductas saludables que nos permiten evitar las que no lo son».


¿Es a esto a lo que se refiere la idea de que la parentalidad positiva se centra en el carácter?

Efectivamente, la parentalidad positiva se centra más en formar el carácter de los hijos que en administrar un conjunto de normas muy rigurosas desde la infancia. Mientras la educación moral muchas veces ha sido la imposición de los valores y códigos de conducta, esta propuesta se centra más en formar el carácter de los hijos para que ellos, por sí mismos, se orienten hacia esos valores que los padres no deben dejar de proponerles. Evidentemente, los valores no dejan de estar presentes, pero no se ofrecen como doctrina sino como propuestas vitales. La parentalidad positiva se convierte en ayuda para que uno se oriente por sí mismo y se fortalezca. 

¿Puede poner un ejemplo?

No es lo mismo que un niño aprenda el valor del orden a que aprenda a ser ordenado. Obviamente, le enseño a ordenar para que aprenda a apreciar el orden, pero no se lo impongo como una doctrina. Cuando una persona se desarrolla por sí misma en apreciación de estos valores tiene más capacidad de ser libre y tomará mejores decisiones. Esa libertad se expresará en su creatividad, en su manera de interpretar la vida y esos valores. A veces, los padres pensamos que dar dogmas o doctrinas a nuestros hijos es la manera de que sean iguales que nosotros; pero, en realidad, no deberíamos conformarnos con que sean iguales, deberíamos querer que sean mejores.

Si los hijos ven que sus padres viven según unos valores, ellos también, con su propia originalidad, adoptarán lo mejor del ejemplo que reciben. Y también irán filtrando lo que no es tan bueno de nosotros, para realmente superarnos.

Entonces, ¿la parentalidad positiva respeta mucho la individualidad de los hijos? 

Totalmente. Se puede decir que es uno de sus puntos de partida. Uno de los riesgos más hermosos y desafiantes de educar es que la vida del hijo pueda tener unos contenidos distintos que la de los padres. Y hay que aprender a entender que el hecho de que el hecho de que tomen opciones distintas de las nuestras no los convierte en malas personas. La parentalidad positiva está pensada en este sentido: en respetar. Pero es importante recalcar que no es solo una “guía” positiva, no es “facilitación” positiva: los padres no son meros facilitadores. Verlos así sería un pensamiento muy tecnocrático, casi funcionalista. El padre no es como un amigo del colegio o de la cuadrilla del barrio: es padre. El ejercicio de la parentalidad positiva tiene que ser cercana a los hijos, pero no debe perder la fuerza y la energía del “ser padres”. No confundir planos ayuda a entender esta propuesta a fondo. 

El mensaje transversal del libro es que los padres sean presencia para los hijos, incluso en las situaciones más complicadas. Sobre todo se trata de eso: estar ahí junto a ellos. Luego, tan importante como ser presencia es estar de la manera más competente que podamos. Pero no hay que esperar a tener una competencia total para “estar”: los padres tienen que ser presencia para sus hijos aunque sea de una manera torpe. Por ejemplo: tal vez no podemos ayudar a los hijos con los deberes de matemáticas, pero tenemos que acompañarlos en ese rato que hacen deberes, que sientan que aunque nos cuesta, hacemos el esfuerzo. 


«Seremos parte de cualquier solución dando el paso de acercarnos a nuestros hijos. Ante la duda, acérquese a él: así podrá ayudarle a conseguir la seguridad que le falta ante los medios, la droga, el sexo, la delincuencia, etc.». 


¿La presencia es lo más importante?

Sí. Con la presencia, los hijos tienen una retroalimentación emocional que les permite tener seguridad. Esto es fundamental: a partir de la seguridad, aprenderán todo lo demás. La peor pandemia del mundo moderno no es el COVID, ni la viruela del mono… ni siquiera las pantallas: es la inseguridad vital. No quiero decir que la culpa la tengamos los padres, en absoluto. Quiero decir que en nuestras manos está la solución, más de lo que pensamos. Si nosotros nos acercamos a nuestros hijos, podemos empezar a solucionar el problema. 

Olvidémonos de quién es el culpable de esta o aquella situación. No importa. Seremos parte de cualquier solución dando el paso de acercarnos a nuestros hijos. Diría: padre, madre… ante la duda, acérquese a él: así podrá ayudarle a conseguir la seguridad que le falta ante los medios, la droga, el sexo, la delincuencia, etc. 

En el libro insisten mucho en la importancia de la resiliencia. ¿Por qué?

Una amiga, madre de varios niños, me decía: “Quiero que mis hijos sean fuertes”. Buena parte de la educación del carácter se centra en esta fuerza: el coraje, para hacer frente a las situaciones, para reponerse, para seguir los propios valores. Pero no es lo único que se necesita. Tenemos que huir de las recetas. Por eso nuestro libro tiene a los principales autores sobre parentalidad positiva hablando desde diferentes miradas, con abordajes complementarios. 

Por ejemplo, si tengo un hijo fuerte, pero que no es empático o responsable, no tengo que hablarle de resiliencia, sino de habilidades emocionales o de responsabilidad en sus tareas. Se trata de observarle bien y descubrir cuáles son sus fortalezas y sus carencias, y ayudarle a que al desarrollar las primeras, poco a poco vaya eliminando las segundas.

La clave para la crianza positiva –de muchos o pocos hijos– es tratar a cada uno de ellos como único y especial. A veces puede parecer que hay uno favorito: pero es que en cada momento puede haber uno que nos necesite más y ese se debe convertir en nuestro favorito en ese momento, en el que nos volcamos más en ese momento. Es importante tomarse el tiempo necesario para conocer a cada uno y compartir todas las etapas con cada uno. 

Autora: Berta Viteri.

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