El sueño del transhumanismo: el hombre como máquina biológica

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No es ajena al ideario popular la idea de un futuro dominado por la tecnología, incluso la idea de modificar al ser humano para prepararle para los retos del futuro. Esta utopía -o distopía, según como cada uno lo considere- es el sueño del transhumanismo, una corriente cultural impulsada principalmente por científicos, filósofos y artistas que propone la mejora del ser humano a través de la tecnología, la genética o la farmacología.

¿Por qué cambiar al ser humano? Según los transhumanistas tenemos limitaciones físicas y biológicas (podemos correr hasta cierta velocidad, tenemos inteligencia limitada, sufrimos enfermedades, la vida termina…). Por tanto, la tecnología es la solución para eludir esas limitaciones y crear ‘transhumanos’ o ‘superhumanos’. Así, en la actualidad discurren ideas como transformarnos en ciborgs, modificar nuestros genes para predeterminar ciertas actitudes y aptitudes o tomar fármacos que estimulen ciertas regiones del cerebro.

José Ingacio Murillo (izda.) y Luis Echarte (dcha.), investigadores del Grupo Mente-cerebro

Pero, ¿qué supone mejorar al ser humano? ¿Y hasta qué punto es ético cambiarlo?  José Ignacio Murillo y Luis Echarte investigadores del Grupo ‘Mente-cerebro’ del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra analizan esta corriente futurista.

El germen del cambio

En primer lugar, esta corriente no empieza con experimentos imposibles o puros futuribles. Según Luis Echarte, este movimiento bebe de innegables “adelantos tecnológicos, principalmente  biotecnológicos, aunque liderados por investigadores que no saben qué es el transhumanismo ni lo sabrán jamás”, afirma Echarte.

A partir estas investigaciones “ordinarias”, los transhumanistas han sugerido tres formas para transformar al ser humano: genética, farmacológica y tecnológica.

La primera busca crear seres humanos perfectos cambiando los genes. Esta idea parte de la eliminación de enfermedades genéticas –que se sabe que se producen en un gen concreto- y termina con la posibilidad de modificar el carácter y el físico a partir del genoma.

Para José Ignacio Murillo esto plantea varios problemas: “Cuando decimos ‘vamos a modificar este genoma para que la persona sea más lista’, tendríamos que definir qué significa inteligencia, qué tipo de inteligencia queremos y, además, tendríamos que buscar cuáles son los factores genéticos que influyen en la inteligencia”. A esto añade la influencia del entorno y las consecuencias que puede para él y su descendencia. “Por lo tanto, te encuentras ante un proceso difícilmente previsible”.

“Ninguno de ellos tiene claro en qué consiste mejorar”

En segundo lugar, con la transformación farmacológica se buscaría la modificación de comportamientos humanos a través del consumo controlado de psicotrópicos. El caso sobre el que hoy más se discute es el del empleo del metilfenidato, “que se ha utilizado durante décadas con gran éxito para el tratamiento del Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH)”, explica Echarte, y que hoy se pretende ofrecer a sujetos sanos para incrementar su atención.

Hugh Herr, experto mundial el biónica del MIT. AWESOME INC

Por último, se encuentra la transformación tecnológica– quizá la más recurrente en la ciencia ficción-. Partiendo de extremidades biónicas o válvulas en el corazón, logros que ya existen, se llega al ideal del ciborg, esto es, a la búsqueda de la sustitución completa del cuerpo biológico por otro biomecánico. Inclúyase aquí también las investigaciones en inteligencia artificial, gracias a las cuales tal sustitución sería completa. Murillo cuenta que el promotor de esta última, Marvin Minsky, “estaba convencido de que íbamos a generar inteligencia superior a la humana y que, entonces, aparecería un problema: no sabemos cómo nos tratarán”.

De la técnica a la ética

Según explica Murillo, en el transhumanismo la idea de mejora es central, ya sea radical o “proporcionando a cada persona los recursos para que haga con su vida lo que quiera”. Sin embargo, el experto critica que “ninguno de ellos tiene claro en qué consiste mejorar y tampoco saben muy bien qué hay que mejorar”.

Ambos expertos coinciden en que el proyecto transhumanista supone una paradoja: quieren decidir sobre la ética del futuro pero deben decidirlo con lo que ahora se considera bueno y malo. “Cuando deciden acerca de los seres humanos del futuro no les dan la libertad a ellos para decidir qué quieren hacer con su vida”, expone Murillo.

Para avanzar se necesita una base sobre la que apoyarse y, según  los expertos, para mejorar al hombre hay que partir de la naturaleza humana. Si se considera al ser humano como tecnología se pierde la referencia de hasta qué punto el ser humano puede cambiarse. “¿Qué es mejorar cuando puedo hacer lo que quiera con mi naturaleza?”, se pregunta Murillo.

“Nosotros seríamos máquinas biológicas para obtener los fines que nos proponemos”

Así, los transhumanistas tienen una visión mecanicista del hombre: la vida tiene valor mientras la persona cumpla una función, al igual que las máquinas. “Yo no comparto esa visión de la realidad –replica Echarte- creo que es muy peligroso valorar una vida según su utilidad. Porque… ¿con criterio de quién? ¿De los que en cada momento sustentan el poder? ¿Según el criterio de una mayoría que puede dejar de serlo de la noche a la mañana? Toda vida humana es un fin en sí misma, y esto es así porque no somos máquinas”.

Murillo coincide con su compañero: “Para que pueda haber una ética, hace falta que aceptemos que existe una naturaleza humana que puede ser perfeccionada o prolongada por la técnica”. “Pero -añade- en el momento en que digamos que la vamos a transformar ya no tenemos un criterio para decir que lo que estamos haciendo es mejor o peor, porque simplemente estamos haciendo una cosa distinta”.

¿Qué diferencia al hombre de la máquina?

Llegados a este punto, tampoco hay que demonizar a la tecnología. Según Luis Echarte, la tecnología es algo muy bueno ya que permite mejorar las condiciones de vida. Es más, la tecnología es algo inherente al ser humano: “Uno de los rasgos que los arqueólogos utilizan para discriminar si un determinado yacimiento es de humanos es la búsqueda de tecnología, piedras talladas, pinturas… El ser humano no se concibe sin tecnología. Pero -y este es el matiz importante- el hombre no es tecnología”.

Por su parte, José Ignacio Murillo afirma que el ser humano se puede mejorar y la tecnología facilita ese proceso (por ejemplo, las gafas o las rodillas artificiales). El problema surge cuando se “borra la diferencia entre lo que es natural y lo que es artificial. Nosotros seríamos como máquinas o herramientas biológicas que sirven para obtener los fines que arbitrariamente nos proponemos”.

“Tenemos que saber quiénes somos y de dónde venimos para saber qué supone mejorar algo”

Así, para los expertos el problema del transhumanismo es que trata a las personas como máquinas, es decir, como medios para conseguir algo. Las máquinas son medios para conseguir un fin, pero “el hombre no es un medio sino un fin en sí mismo”, afirma Echarte.

Este presupuesto ético es el que diferencia al hombre de la máquina. Identificarse con las máquinas “rebaja nuestra categoría moral, ya que las utilizamos como nos place”. Murillo añade que las máquinas, al ser algo producido, tienen un fin externo “lo determina un productor”, pero esto no es aplicable a los seres humanos..

Los investigadores recurren al ejemplo de Frankenstein: una vez el monstruo de Frankenstein vive, actúa por su cuenta, tiene sus propios fines y no se le puede obligar, no se le puede utilizar como un medio. Mientras que una máquina se programa, una persona actúa con libertad.

La clave es la libertad

Logo transhumanista

Esta corriente de pensamiento busca una sociedad perfecta en la que no haya violencia, ni discriminación ni enfermedades. Para conseguirlo, propone predisponer al ser humano a ciertas conductas, evitar que actúe mal.

El problema de este presupuesto es que “estar programados para hacer el bien es eliminar la libertad”, afirma Murillo. Considera que el proyecto transhumanista busca construir el ser humano perfecto, pero los seres humano perfectos no se construyen sino que se hacen a sí mismos actuando con libertad.

“Tenemos que saber quiénes somos y de dónde venimos para saber qué supone mejorar algo -explica Echarte-, si no, caemos en idealismos que pueden llevar a mucha gente a la infelicidad. Hay sueños que acaban convertidos en pesadillas”.

“Sabemos que transgredimos las leyes, que hacemos las cosas mal, pero el reverso de esto es que hacemos las cosas nosotros mismos y no solamente hacemos las cosas porque nos sentimos inducidos a ello”, concluye Murillo.

Autora: Natalia Rouzaut

¿Quieres conocer el proyecto del ICS relacionado con este tema?

 

The Dream of Transhumanism: Man as a biological machine

The idea of ​​a future dominated by technology, including the idea of ​​modifying human beings in preparation of the future’s challenges, is not alien in popular thought. This utopia- or dystopia, depending on your view- is the dream of transhumanism, a cultural current driven mainly by scientists, philosophers and artists that aims to improve the human species through technology, genetics and pharmacology.

Why should human beings improve? According to transhumanists, we have physical and biological limitations (we can only run at a certain speed, we have limited intelligence, we suffer from diseases, we die, etc.) and technology is therefore the solution to circumvent these limitations and create “transhumans” or “superhumans.” Thus, ideas such as transforming into cyborgs, modifying our genes to predetermine certain attitudes and abilities, or taking drugs that stimulate certain regions of the brain have emerged.

José Ingacio Murillo (left) and Luis Echarte (right), researchers from the Mind-Brain Group

But what does it mean to improve human beings? And how ethical are these proposed changes? José Ignacio Murillo and Luis Echarte, researchers from the Mind-Brain Group of the Institute for Culture and Society of the University of Navarra, analyze this futuristic trend.

The origin of change

To start with, this current does not begin with impossible or purely futuristic experiments. According to Luis Echarte, this movement is inspired by undeniable “technological advances that have mainly occurred in biotechnology, although they are led by researchers who do not know and will never really know what transhumanism is,” Echarte notes.

From these “ordinary” investigations, transhumanists have suggested three ways to transform human beings: genetics, pharmacology, and technology.

The former seeks to create perfect human beings by manipulating genes. This idea starts with the elimination of genetic diseases that are known to occur in a particular gene- and ends with the possibility of modifying character and physical features using the human genome.

For José Ignacio Murillo this raises several problems: “When we say ‘we are going to modify this genome so that the person is cleverer,’ we would have to define what intelligence means, what kind of intelligence we want and, in addition, we would have to look for the genetic factors that influence intelligence.” To this, he adds the influence of the environment and the consequences that it can have for humans and their offspring. “We are, therefore, faced with a process that is difficult to predict.”

“No one clearly understands what it means to improve”

Secondly, the pharmacological transformation would seek to modify human behaviors through controlled consumption of psychotropic drugs. The case most commonly debated today is the use of methylphenidate, which has been used for decades with success in the treatment of Attention Deficit Hyperactivity Disorder (ADHD), Echarte explains. Some wish to offer it to healthy subjects to increase their attention spans.

Finally, there is technological transformation – perhaps the most recurrent in science fiction. Starting from bionic extremities or valves in the heart, achievements that already exist, the cyborg ideal is reached, that is, the search to completely replace the biological body with a biomechanical one. This also includes research on artificial intelligence through which said substitution would be made complete. Murillo notes that the latter’s promoter, Marvin Minsky, “was convinced that we were going to create intelligence superior to human intelligence, which would generate the problem of not knowing how that higher intelligence might treat us.”

From technique to ethics

According to Murillo, in transhumanism, the idea of ​​improvement is central, whether it is radical or “provides each person with resources to do with their life what they wish.” However, the expert is critical of the fact that “no one clearly understands what it means to improve and they also do not full grasp what needs to be improved.”

Both experts agree that the transhumanist project is a paradox: its proponents seek to decide on the ethics of the future, but they do so using contemporary considerations of good and evil. “When they decide about human beings of the future, they do not give them the freedom to decide what they want to do with their lives,” Murillo points out.

Moving forward requires a basis on which to rely and, according to the experts, improving man must begin with human nature as a reference. If man is considered technology, any reference on the extent to which human beings can be changed is lost. “What does it mean to improve when our nature can be manipulated in any which way?” Murillo asks.

“We would be like biological machines that serve to obtain the ends that we propose”

Transhumanism’s logo

Thus, transhumanists have a mechanistic view of man: life has value as long as the person performs a function, just like machines. “I do not share that vision of reality,” Echarte responds, “I think it is very dangerous to value a life according to its utility. Because … who judges that? Those who are in power at the moment? According to the criteria of a majority that can lose their majority overnight? All human life is an end in itself, and this is so because we are not machines.”

Murillo agrees with his colleague, “For there to be an ethics, we must accept that there is a human nature that can be perfected or prolonged by technique… But,” he adds, “the moment we say we’re going to transform it, we no longer have a criterion to say that what we’re doing is better or worse because we’re doing something wholly different.”

What differentiates man from machine?

At this point, we must not demonize technology either. According to Luis Echarte, technology is a very good thing because it allows us to improve the conditions of life. Moreover, technology is inherent in human beings: “One of the traits that archeologists use to judge whether human beings inhabited a certain areas is to search for technology, carved stones, paintings … The human being cannot be thought of a part from technology. But- and this is the important nuance- man is not technology.”

On the other hand, José Ignacio Murillo affirms that human beings can be improved and that technology facilitates that process (for example, glasses or artificial knees). The problem arises when “the difference between what is natural and what is artificial is erased. We would be like machines or biological tools that serve to obtain the ends that we arbitrarily propose.”

“We have to know who we are and where we come from to know what it means to improve”

Thus, for the experts, the problem of transhumanism is that it treats people as machines, that is, as means for achieving an end. Machines are means to an end, but “man is not a means, but an end in himself,” Echarte reminds us.

This ethical supposition differentiates man from machine. Identifying ourselves with machines “reduces our moral category since we use them as we please.” Murillo adds that machines, as products, have an external purpose  “determined by a producer,” but humans do not.

The researchers use the example of Frankenstein: once Frankenstein’s monster lives, he acts on his own, has his own ends, he cannot be forced, and cannot be used as a means. While a machine is programmed, a person acts freely.

The key is freedom

This current of thought seeks a perfect society in which there is no violence, no discrimination or disease. In order to achieve this, it proposes predisposing human beings to certain behaviors to prevent us from acting badly.

The problem with this idea is that “being programmed to do good eliminates freedom,” Murillo notes. He believes that the transhumanist project seeks to build the perfect human being, but perfect human beings are not built; rather, they develop into themselves through free action.

“We have to know who we are and where we come from to know what it means to improve,” Echarte argues, “otherwise, we fall into idealisms that can lead many people to unhappiness. Indeed, there are dreams that turn into nightmares.”

“Of course human beings transgress the laws and do wrong, but, on the flip side, we do things ourselves and not just because we are obligated,” Murillo concludes.

Author: Natalia Rouzaut

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